Al oírla, Felipe, que ya había sido informado y había llegado al lugar, lanzó una mirada fría a Bruno y, abrazando a su esposa Tatiana, se dio la vuelta y regresó al asiento trasero del carro.
Sombra jugueteó con la navaja en su mano, se agachó y dijo:
—Ya que Julián quiere un dedo de la señora Palma, no queda de otra más que tomarlo de tu mano.
Dicho esto, y sin darle tiempo a Bruno de suplicar, Sombra bajó la navaja con un movimiento rápido y, a pura fuerza bruta, le cortó el dedo anular. El dolor fue tan intenso que Bruno se desmayó al instante.
Sombra recogió el dedo con un pañuelo, lo envolvió sin mostrar expresión alguna, y luego ató a Bruno, lo levantó del suelo y lo arrojó a la cajuela de su carro.
Cuando terminó, se volvió hacia Felipe y Tatiana.
—Señor Palma, señora, les pido que esta noche se queden en otro lugar. Mañana por la mañana podrán volver a la casa.
Felipe, sin embargo, abrazó a Tatiana con fuerza.
—Tengo que volver a la mansión Palma. Señorita, le encargo que cuide de mi esposa.
Mientras hablaba, su mirada era excepcionalmente fría.
Jamás habría imaginado que su propio hermano, Julián, de verdad se atrevería a ponerle una mano encima a su amada Tatiana.
Eso había rebasado todos los límites.
Esta vez, no podía perdonar a Julián.
Sombra miró a Felipe y asintió.
—De acuerdo.
Felipe soltó a su esposa y le dijo con ternura:
—Tatiana, ve a cenar con la señorita Sombra y descansa bien. Yo voy a la casa y te alcanzo más tarde.
Tatiana frunció el ceño, con preocupación en los ojos, pero asintió suavemente.
—Está bien.
***
Cerca de la medianoche, las luces del salón de la villa poniente de la familia Palma seguían encendidas.
En ese momento, sonó el timbre.
Ricardo, sentado en el sofá, miró la pantalla del interfón y vio que afuera estaba su tío Felipe. El corazón se le subió a la garganta.


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