Antes de morir, el señor Palma no tuvo más remedio que dejarla al cuidado de un pariente que lo había atendido con esmero durante su enfermedad, dejándole a él toda su herencia.
Sin embargo, el pariente resultó ser un hipócrita. Su amabilidad solo era una treta para quedarse con el dinero. Una vez que lo obtuvo, se aprovechó de que ella era solo una niña, le dio la espalda e intentó venderla como esposa-niña a una familia de un pueblo remoto.
Ella escapó.
A los seis años, comenzó a pelear con los perros callejeros por comida en los basureros. Vivió así, escondiéndose, durante dos años, hasta que un día la atraparon robando camotes en el Pueblo de la Luna. Cuando los señores del pueblo supieron que era una huérfana sin hogar, la acogieron, le enseñaron a reconocer hierbas medicinales y le permitieron ganarse la comida con su trabajo.
Y así pasaron los días.
Los señores del pueblo descubrieron su asombroso talento para la medicina, así que le enseñaron todo lo que sabían. Con sus propias habilidades, nadie volvió a atreverse a molestarla.
Hasta que regresó con la familia Palma…
Sus familiares, quienes debían ser los más cercanos, se convirtieron en el cuchillo que la apuñalaba.
Los recuerdos del pasado la asaltaron con furia, y no pudo evitar pensar en lo ridículo que era todo: sus propios familiares eran la causa de su sufrimiento, y aun así, ellos disfrutaban de una vida de lujos sin el menor remordimiento.
—Todos ustedes… merecen probar el sabor del sufrimiento, y seré yo quien se los sirva personalmente. —Doris apartó sus pensamientos caóticos y, con una voz tan fría como el hielo, le dijo a Ricardo, palabra por palabra.
Al escucharla, el cuerpo de Ricardo comenzó a temblar. Inmediatamente después, un dolor insoportable brotó desde su interior y se extendió por todo su cuerpo.
El veneno en sus venas se había activado.
La luz de la luna bañaba a Ricardo, iluminando con claridad su rostro, que, a pesar de ser apuesto, ahora estaba desfigurado por el dolor.
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