A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las rendijas de las cortinas, iluminando la habitación.
Doris se desperezó y se levantó de la cama. Después de asearse, bajó a desayunar.
Al llegar al final de la escalera, instintivamente miró hacia la entrada, pero Ricardo ya no estaba. No sabía cómo se las había arreglado para irse anoche.
Pero, la verdad, no le importaba.
En ese momento, Emma salía de la cocina con un desayuno humeante. Lo colocó con cuidado en la mesa y, al ver a Doris, la saludó con una sonrisa.
—Señorita.
Luego, como si recordara algo, añadió:
—Por cierto, hace un momento la gente del señor Julián envió algo. Dijeron que era muy importante que se lo entregara.
Dicho esto, Emma fue al salón, tomó una caja de madera laqueada en rojo de la mesita de centro y la puso con cuidado frente a Doris.
Doris se sentó y abrió la caja.
Dentro, había un dedo ensangrentado que aún llevaba un anillo de diamantes.
—¡Ah! —gritó Emma, que estaba a su lado. Aterrorizada y pálida como el papel, intentó torpemente quitar la caja y cerrarla, mientras repetía sin cesar—: ¡Señorita, no se asuste! Ahora mismo me llevo esta cosa horrible para que no le ensucie la vista…
Sin embargo, en marcado contraste con el pánico de Emma, Doris permaneció completamente tranquila.
Miró la caja en silencio y dijo con calma:
—Emma, no te alteres, no hay nada que temer. —Era como si aquella escena macabra fuera algo cotidiano para ella.
Mientras Emma seguía confundida, sonó el teléfono de Doris.
Contestó. Del otro lado, se escuchó la voz ronca y débil de Julián.
—¿Ya viste el regalo que te envié?
Solo de pensar que Julián la llamaba después de que su padre lo apuñalara, a Doris le daban ganas de reír.
Emma, a su lado, la miraba con terror. Quiso decir algo, pero Doris se llevó un dedo a los labios, haciéndole un gesto para que guardara silencio.
Emma logró calmarse.
—Lo que le haga a tu madre depende de tu actitud —dijo Julián con malicia.
Doris continuó su actuación:
—Dime qué actitud quieres que tome, lo que sea con tal de que no le hagas daño a mi mamá.
Julián soltó un bufido frío y respondió:
—Primero, tienes que quitarle el veneno a Ricardo. Luego, encuentra la manera de despertar a Patricio. Si cumples con estas dos cosas, tu madre estará a salvo. De lo contrario, ¡la próxima vez el regalo no será tan simple como un dedo!
Al decir las últimas palabras, enfatizó su tono, dejando clara la amenaza.
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