—Ah, y más te vale que se te quite de la cabeza la idea de ir con el chisme al viejo. Si te atreves a contarle, no me culpes por ser despiadado con tu madre. Si crees que tienes agallas, juégatela conmigo, ¡a ver quién sale perdiendo al final!
Antes de que Doris pudiera responder, colgó sin contemplaciones.
Emma, que había escuchado la conversación, exclamó, horrorizada:
—¡El señor Julián se volvió loco! ¡Cómo se atreve a tocar a la señora!
Doris dejó el celular sobre la mesa y sonrió con desdén.
—Eso se llama dar patadas de ahogado. Sabe que si se queda de brazos cruzados lo perderá todo, así que prefiere arriesgarse.
El rostro de Emma seguía pálido como la cera. Se retorcía las manos con nerviosismo.
—¿Y ahora qué hacemos, señorita? Como la señora y el señor no volvieron en toda la noche, pensé que estaban de paseo, no se me ocurrió que algo malo pudiera haber pasado…
Doris la tranquilizó.
—Emma, no te preocupes, mi mamá está bien. Mi papá está con ella, no tardan en volver.
Al ver la calma de Doris, el corazón de Emma, que había estado en un hilo, finalmente se tranquilizó un poco.
—Menos mal —dijo, soltando un suspiro de alivio.
Después de desayunar, Doris recibió un mensaje de Higinio.
[Dori, ya voy para allá.]
Doris le respondió.
[Perfecto. Julián acaba de llamarme para amenazarme. Le seguí el juego un rato y se quedó tan campante. Me muero por ver su cara cuando se dé cuenta de que lo engañé.]
La respuesta de él fue corta.
[Furia impotente.]
La mirada de Doris se detuvo en esas dos palabras.
«Furia impotente».
Exacto. Hoy iba a hacer que Julián probara el verdadero sabor del fracaso, que sintiera en carne propia lo que era la furia impotente.

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