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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 364

—Más o menos, es deformación profesional —respondió Higinio con una sonrisa evasiva.

Lucas miró a los guardaespaldas, que eran atormentados por los bichos, con una expresión de aprobación.

—Dorita, tu control sobre estas criaturas es cada vez más estable.

—Bueno, después de todo, siempre he estudiado y mejorado el método que usted me enseñó —dijo Doris.

Lucas se sintió muy satisfecho. Dorita, sin duda, había superado a su maestro.

En poco tiempo, los cuarenta guardaespaldas no pudieron soportar más el tormento de los bichos y salieron huyendo del salón en desbandada.

Al darse cuenta de que su plan había fracasado, Fátima sintió un pánico que nunca antes había experimentado. Se dejó caer en el sofá de detrás, agotada y en silencio, con la mente hecha un torbellino.

¡Estaban perdidos!

Esta vez, tal como había dicho Doris, ¡su familia estaba perdida!

Doris juntó los dedos y silbó. Los insectos y serpientes que cubrían a los guardaespaldas volaron o se deslizaron de regreso al salón, rodeando al matrimonio de Julián, a Ricardo y a Carolina.

Luego, fue a desatar a su nueva y hermosa madre y a su apuesto nuevo padre.

Una vez liberados, la pareja fue a desatar al señor Lara, a la anciana y a los cinco hermanos.

—Julián, tú y tu esposa son increíbles —dijo Mauro con frialdad—. ¡Montar un motín en mi propia cara!

Julián se recostó en el sofá, resignado, aceptando las acusaciones del anciano mientras murmuraba para sí:

—…Nunca debí traer de vuelta a esa malnacida de Doris…

Habían fracasado.

Por culpa de Doris, su familia iba a perderlo todo.

El anciano, al ver el estado de ánimo ausente del matrimonio de Julián, frunció el ceño con una profunda decepción.

Ante la acusación de Fátima, Doris no se inmutó. Al contrario, soltó una risita y respondió con despreocupación:

—Pues claro. Si toda la familia Palma ahora me pertenece, ¿cómo voy a tolerar que sigan aquí, estorbándome y amargándome el día?

Sus palabras hicieron que Fátima se pusiera pálida de la rabia. Su pecho subía y bajaba con agitación, y un nudo de ira se le atoró en la garganta, dejándola sin palabras.

Ignorando la mirada de odio de Julián, Mauro suspiró con resignación.

—Sí, todo lo de la familia Palma es tuyo. Yo solo me quedaré con lo suficiente para mi ataúd.

En ese momento, Andrea, que había permanecido en silencio, no pudo más.

—Papá, ¿y yo qué?

***

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