—Mamá, me equivoqué, nos equivocamos… todos fuimos engañados por Carolina.
Fátima sabía lo mucho que su hijo Patricio adoraba a su hija adoptiva, Carolina. Que ahora, recién despertado, dijera que habían sido engañados por ella, la dejó atónita.
—Patri, mientras estabas en coma, Carolina te cuidó en el hospital casi sin dormir. Ahora que por fin despiertas, ¿cómo puedes decir que nos engañó?
Al decir esto, su ira se reavivó y levantó la vista hacia Doris.
—¡Maldita mocosa! ¿Qué le hiciste a Patri ahora? ¡Esa aguja de plata seguro que tenía algo!
Doris sonrió con frialdad y le recordó:
—Señora Jiménez, ¿no le dijo su hijo que se callara? ¿O es que está sorda?
—Tú… —exclamó Fátima, furiosa.
Patricio estaba desesperado y gritó con todas sus fuerzas:
—¡Mamá, ya te dije que no tiene nada que ver con mi hermana! ¿Puedes callarte de una vez? ¡Todo es por culpa de Carolina, esa mujer malvada!
La expresión «mujer malvada» sorprendió enormemente a Ricardo. ¿Tanto odiaba Patricio a Caro?
Fátima, asustada por el tono de reproche de su hijo y temiendo que se alterara demasiado recién despertado, dijo rápidamente:
—Está bien, está bien, mamá ya no dice nada.
Carolina apretó los puños con fuerza y decidió tomar la iniciativa. Con los ojos enrojecidos y la voz entrecortada, dijo:
—Patricio, sé lo que quieres decir. Sí, lo admito, los engañé…
—Pero todo fue porque me importan demasiado, por eso tuve que hacer lo que hice.
Dicho esto, Carolina se inclinó en una reverencia ante Julián, Fátima y Ricardo.
—Papá, mamá, hermano, lo siento. Cuando dijeron que iban a traer a Doris, entré en pánico. Sabía que me querían mucho, pero al final no soy su hija de sangre. Tenía miedo de que un día me abandonaran, por eso contraté a alguien para… para…
Ricardo ya se imaginaba el resto.



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