—Papá, escúchame… —Carolina se cubrió la frente, negando con la cabeza entre lágrimas.
—¡Cállate! ¡No me llames papá! ¡No soy tu padre! —rugió Julián—. ¡Si no fuera por ti, jamás me habría enemistado con mi propia hija!
Rosalinda chasqueó la lengua.
—Cielos, qué cambio de actitud tan espeluznante. Da miedo.
Sus amigas añadieron:
—Pero Carolina se lo buscó. Siendo solo una hija adoptiva, lo quería todo: no casarse con el señor Villar lisiado y, al mismo tiempo, seguir disfrutando de la buena vida en la familia Palma.
—Exacto, disfrutó de veinte años de lujos y no le bastó. No solo conspiró contra la verdadera heredera de los Palma, sino que también atacó a Patricio. ¡Decir que es una malagradecida es poco!
—Si me preguntan, se merece que la maten a golpes.
Mientras Julián le golpeaba la cabeza a Carolina contra el suelo, levantó la vista hacia Doris y dijo:
—Doris, ya te vengué.
Doris sonrió.
—No es suficiente.
Para conseguir el perdón de Doris, Julián se armó de valor, levantó la cabeza de Carolina y siguió golpeándola contra el suelo.
Una, dos, tres veces…
La sangre en la frente de Carolina fluía cada vez más, y sus gritos de auxilio y dolor se hacían cada vez más débiles.
Ricardo se acercó y agarró la mano de su padre.
—Papá, ya basta.
—¿Qué, Ricardo? ¿Todavía vas a defender a esta bastarda? —preguntó Julián, frunciendo el ceño con un tono de advertencia.
—No es eso, papá, pero si sigues golpeándola, podrías matarla —le recordó Ricardo.
—No… papá, no lo hagas… —La sangre de la herida en la frente de Carolina le corría entre los ojos llenos de terror. Con las últimas fuerzas que le quedaban, se apoyó en el suelo y, arrastrándose hacia atrás, suplicó.
Al ver que Julián no mostraba ninguna piedad, se volvió hacia Ricardo, llorando desconsoladamente.
—Hermano… hermano, sálvame… ¿no eras tú el que más me quería…?
Ricardo apretó los puños y dijo con frialdad:
—Sí, te quería. Por eso te cedí la cura y aguanté el dolor. Pero tú te burlaste de mí, te burlaste de toda nuestra familia…
Al ver que Ricardo tampoco pensaba interceder por ella, Carolina se giró hacia Patricio.
—Hermano…
—¡No me llames hermano! ¡Ahora mismo desearía matarte con mis propias manos! —La mirada de Patricio era como una cuchilla, y Carolina sintió un escalofrío.
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