—Higinio —Carolina se volvió hacia Higinio, con una expresión lastimera—. Sálvame… por favor. Sé que sientes algo por mí, ¿verdad? Todavía quieres casarte conmigo, ¿no es así?
Antes de que Higinio pudiera responder, Rosalinda, temiendo que Doris lo malinterpretara, se apresuró a aclarar:
—¡Carolina, no te hagas ilusiones! ¡A Higinio nunca le has gustado!
—No puede ser… Higinio… si no te gustaba, ¿por qué aceptaste el compromiso? En términos de familia, los Palma no éramos la mejor opción, y en Solara hay mujeres más hermosas que yo…
—El compromiso lo arregló el abuelo —explicó Rosalinda—. Si no fuera porque, como heredero de los Villar, tenía que casarse para asegurar el futuro de la familia y no quería disgustar a su abuelo, cuya salud empeoraba, Higinio nunca habría aceptado casarse contigo.
Higinio, sentado en su silla de ruedas, esta vez no mostró su habitual amabilidad. Sus ojos oscuros reflejaban un ligero desdén.
—Nunca quise casarme contigo. En mi corazón solo hay lugar para Dori. Le has hecho tanto daño que, aunque la familia de Julián te perdone, yo no podré hacerlo.
Julián se apresuró a decir:
—Señor Villar, no se preocupe, ¡jamás perdonaré a esta bastarda que le hizo daño a Doris! ¡Haré lo que sea necesario para que Doris quede satisfecha!
Higinio, sabiendo perfectamente por qué Julián era tan cruel con Carolina, sonrió levemente sin decir nada.
Después de suplicar a todos, Carolina finalmente entendió que la única persona que podía salvarla en ese momento era Doris.
¡Pero de verdad no quería pedirle ayuda a Doris!
En ese momento, Julián ya se había acercado a Carolina, con una expresión feroz.
—¡Mocosa! Apenas se supo que las piernas del señor Villar estaban lisiadas, nos rogaste que trajéramos a nuestra hija biológica para que se casara con él en tu lugar. ¿Y ahora tienes el descaro de pedirle ayuda? ¡Eres una sinvergüenza!
Carolina, arrodillada en el suelo, suplicaba entre sollozos.
—Papá, por favor, ¿has olvidado los veinte años que fuimos padre e hija…?


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