—No es así, Doris, mi querida hija. Papá de verdad sabe que se equivocó, haré lo que me pidas —dijo Julián con una mirada llena de un falso cariño.
—Doris, tu padre y yo sabemos que nos equivocamos. ¿Nos perdonas, por favor? —añadió Fátima.
Doris se burló.
—No es que sepan que se equivocaron, es que lo perdieron todo y no les queda de otra.
Julián, desenmascarado, no perdió la compostura.
—…Ya entiendo, Doris. Seguro que todavía no estás satisfecha. No te preocupes, ¡no dejaré que Carolina vuelva a aparecer frente a ti para molestarte!
Dicho esto, se giró hacia su esposa y le ordenó:
—¡Fátima, encierra a esta bastarda!
Fátima asintió.
—De acuerdo.
Justo cuando iba a arrastrar a Carolina, Doris la detuvo.
—Señora Jiménez, ¿a dónde piensa llevarla? No olvide lo que dijo el abuelo: la villa del oeste y toda la familia Palma ahora son mías. Ustedes ya no pueden vivir aquí.
Al oír que tenían que mudarse ese mismo día, en otro tiempo, Fátima habría estallado de ira. Pero ahora, solo pudo poner una cara de profunda humillación y apelar a la lástima.
—Doris, tu padre está herido, y Patricio acaba de despertar…
—No me vengas con excusas —dijo Doris, impasible—. Les doy un día. Hoy mismo tienen que irse de la casa. De lo contrario, haré que los saquen a la fuerza.
Fátima, desesperada, miró a Mauro, que estaba sentado en el sillón principal, con una expresión suplicante, esperando que él interviniera.
Mauro la ignoró y se dirigió a su nieta con solemnidad:

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