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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 412

—Izan, solo tienes que hacerle saber a Higinio que liberaste a Álvaro —continuó Gustavo—. Pero podemos arreglarlo para que no regrese con él. En lugar de eso, le ofrecemos a Álvaro al señor Carrasco como un favor.

Izan comprendió de inmediato la estrategia de Gustavo. Tras reflexionar un momento, la consideró viable.

—Hazlo como dices —ordenó—. Pero la prioridad es garantizar que recuperemos a mi hermana.

—No te preocupes, Izan. Me encargaré de todo —aseguró Gustavo.

***

La conversación entre Higinio e Izan fue escuchada en su totalidad por Doris.

En ese momento, ella seguía concentrada en aplicar las agujas, sin detener sus movimientos.

—Izan ya debe de haber adivinado que tú secuestraste a su hermana. Debe de estar furioso. Pero, ¿de verdad crees que no sería capaz de sacrificarla con tal de acabar contigo?

Higinio guardó su teléfono con calma.

—Si se encontrara en una situación de vida o muerte, donde tuviera que elegir entre su vida y la de ella, probablemente la sacrificaría sin dudarlo para salvarse. Pero solo para acabar conmigo… no creo que, por ahora, sea tan despiadado.

Al escuchar esto, Doris soltó una risita.

—Ese «por ahora» tuyo es bastante prudente.

Dicho esto, retiró las manos y cerró su estuche de agujas.

Al ver que se detenía, Higinio preguntó, confundido:

—¿Por qué no continúas?

Llevaba más de dos semanas observándola y ya sabía de memoria cuántas agujas usaba y dónde las colocaba.

Hoy, claramente, había usado menos.

—Tu pierna se lesionó por un traumatismo externo que te causó una fractura —explicó Doris—. Normalmente, con una cirugía para alinear el hueso y de tres a seis meses de recuperación, estarías bien. Pero además de la fractura, te inyectaron un agente necrosante en los músculos y tendones. Cualquier otro médico te habría dicho que tu pierna no tenía cura.

La sonrisa de Higinio se desvaneció.

—Entonces…

—Verdín, Blanquito, salgan —Doris abrió su bolso, y de él se deslizaron Verdín y Blanquito.

Higinio se quedó sin palabras.

—A partir de hoy —les dijo Doris a las dos pequeñas serpientes—, tienen que empezar a darle masajes a Higi en los puntos que les enseñé.

Blanquito, siempre obediente, se deslizó de inmediato hacia la pierna derecha de Higinio.

Verdín, en cambio, parecía reacio, pero como no quería enfadar a su dueña, se arrastró a regañadientes hasta el pie izquierdo de Higinio.

Higinio volvió a quedarse sin palabras.

Su fantasía de un contacto piel con piel con Dori se había hecho añicos.

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