Los que hablaban por hablar en el grupo se quedaron en silencio.
«…»
¡Qué arrogancia! ¡Esa Doris era demasiado arrogante!
Se podía sentir su prepotencia incluso a través de la pantalla.
Rosalinda, emocionada, se unió a la fiesta.
[Rosalinda: ¡Claro que sí! ¡Así es más divertido! ¡Yo organizo las apuestas! ¿Se atreven a apostar contra mi prima?]
El silencio en el grupo se volvió sepulcral. Nadie escribía nada.
[Doris: ¿?]
[Doris: ¿Qué pasó? ¿Se les comió la lengua el ratón?]
[Doris: Qué aburridos son. Pensé que tendrían algo de agallas. Entiendo que no se atrevan a ofender a la familia Carrasco, ¿pero tampoco se atreven a meterse conmigo, la chica de pueblo?]
La provocación estaba servida.
[¡Claro que nos atrevemos! ¡Acepto la apuesta!]
Herminio, el que había empezado todo, finalmente respondió.
[¡No me creo que tengas con qué enfrentarte al señor Carrasco!]
[Doris: Vaya, ¿solo hay un valiente? ¿Dónde están los demás que tanto hablaban?]
Los otros seguían haciéndose los occisos.
[Doris: ¿Acaso no quieren que los llame «papi» y les lama los zapatos?]
[Doris: Como sea. Qué aburrido, son unos cobardes.]
Los aludidos: «…»
¿Cómo se atrevía esa Doris a ser tan descarada?
¿Sería por el respaldo del señor Villar?
Si no fuera por el riesgo de terminar paseando con correa como su perro, sin duda habrían apostado.
—Por supuesto —confirmó el asistente—. Es un pequeño regalo del señor Carrasco por su lealtad.
—Gracias, señor Carrasco. Ya quiero ver qué tan bueno está el cuerpo de esa zorra para tener tan enganchado a ese lisiado del señor Villar.
Los jóvenes que rodeaban a Damián soltaron una carcajada cargada de insinuaciones.
Ariana, a quien Damián había convocado para que se disculpara, sintió una oleada de náuseas al escuchar a esos lacayos. No pudo evitar una arcada.
Ese sonido atrajo la atención de Damián.
—¿Será que Ariana está embarazada? —dijo Herminio con malicia.
Ariana reprimió el asco que le provocaba Herminio y guardó silencio. Estaba en el territorio de Damián y no se atrevía a decir nada que pudiera enfurecerlo.
Damián posó su mirada en ella, una mirada afilada como un cuchillo.
—Habla —dijo con frialdad—. ¿A dónde te llevaste a Carolina?
Su voz era grave y autoritaria, capaz de atravesar el alma.
***

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