—¡Dime ahora mismo! ¡¿Qué demonios me diste?! —exigió Silvia, con la misma mirada altanera de siempre.
Doris, harta de esa actitud, le soltó una bofetada sin pensarlo.
El golpe fue más fuerte que los de Manuel. Silvia cayó al suelo, la liga de su cabello se rompió y su melena se desparramó a su alrededor.
Doris le puso un pie en el abdomen y la miró desde arriba.
—Ya que estás en nuestras manos, deberías entender cuál es tu situación y cómo debes hablar. Si quieres seguir viva, haz como el que está arrodillado ahí y suplica por tu vida, en lugar de gritarme.
Álvaro, aludido, apretó los puños en silencio.
Quería vivir, así que no se atrevía a ser insolente.
Esta vez, Silvia estaba verdaderamente furiosa. ¡Nadie, en toda su vida, se había atrevido a humillarla de esa manera!
Apretó los dientes y fulminó a Doris con la mirada. —¡Doris, no creo que te atrevas a matarme! ¡Pero en cuanto tenga la oportunidad, te mataré a ti!
Doris chasqueó los dedos.
De repente, la expresión desafiante de Silvia se transformó en una mueca de dolor. Su bello rostro se contrajo.
Intentó llevarse las manos al abdomen, pero al estar atada, solo podía retorcerse en el suelo como un gusano.
—¡Ah!
Dolor.
Un dolor insoportable.
Un dolor agudo y penetrante, como si insectos venenosos le estuvieran devorando las entrañas.
Álvaro, arrodillado, observaba la escena, petrificado.
Cuando Silvia estuvo a punto de desmayarse, Doris le clavó una aguja para aliviar el dolor.
—Es cierto, no me atrevo a matarte, pero puedo hacer que desees la muerte —dijo Doris—. Y ver tu sufrimiento es mucho más entretenido que simplemente matarte. Como ahora, tu expresión de dolor es fascinante.

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