Viendo que sus hijos ya habían sido enviados a prisión por Higinio y que él mismo estaba a punto de ser internado en un psiquiátrico, Rubén decidió cambiar de táctica. Ablandó su tono y adoptó una expresión de ternura infinita.
—Está bien, Higi, me equivoqué. Sé que ocultarte que Gabriela es mi hija ilegítima estuvo mal, pero tienes que creerme, yo jamás les pedí a tu hermano y a Gabriela que te hicieran daño. ¡Te juro por Dios que no tuve nada que ver con el secuestro de Gabriela ni con lo que te pasó en las piernas! ¡Si miento, que me parta un rayo!
»Lo que dijo Gabriela hace un momento fue solo porque la ibas a mandar a la cárcel. Estaba desesperada y quería sembrar discordia entre nosotros. ¡Es igual que su madre, Alexa! Ella también siempre intentaba ponerme en contra de tu madre…
—Cállate —lo interrumpió Higinio con frialdad—. No menciones a mi madre. No eres digno.
Rubén se atragantó. Levantó las manos en señal de rendición.
—De acuerdo, de acuerdo… Te admito que engañar a tu madre con Alexa fue mi culpa, pero fue ella quien me sedujo.
»Durante mi estancia en el hospital, he reflexionado sobre estos tres años. Desde que traje a tu hermano Álvaro y a mi hija Gabriela, les dediqué la mayor parte de mi atención y te descuidé. Eso hizo que se volvieran arrogantes y trataran de ocupar tu lugar en la familia, lo que al final te costó las piernas. Como padre, tengo una gran parte de la culpa.
»Pero, Higi, tienes que creerme. En mi corazón, tú siempre has sido mi hijo más preciado. No te enojes más conmigo. Te prometo que, de ahora en adelante, cumpliré con mis deberes como padre. Me encargaré de organizar tu boda con Doris. Y cuando tengan hijos, yo mismo los ayudaré a cuidarlos…
Al oír esto, Doris no pudo evitar interrumpir.
—Ah, no, gracias. ¿Para que los cuides y luego los cambies por otro hijo que te saques de la manga?
Rubén se quedó sin palabras.
Doris se limpió un oído con el dedo, con expresión de fastidio.
—Manuel, no le hagas más caso. Llévalo al psiquiátrico de una vez. Ese es el lugar al que pertenece, y donde debería quedarse el resto de su vida.
Manuel no perdió más tiempo. Le quitó la cuerda a un guardaespaldas y ató a Rubén él mismo.
—Higi, ya metiste a tu hermano a la cárcel. Si ahora me encierras a mí, tu padre, en un psiquiátrico, te quedarás completamente solo —intentó Rubén, en un último esfuerzo por ablandar a Higinio.
Manuel le metió en la boca el trapo que le había quitado a Gabriela, silenciándolo, y se lo llevó personalmente.
Cuando todo terminó, Doris guardó a Verdín en su bolso.
Se levantó, se acercó a Higinio y se agachó a su lado, mirándolo fijamente.
—Higi, estoy segura de que tu hermano sigue vivo. Te ayudaré a buscarlo. Lo encontraremos, te lo prometo.
Higinio tomó su mano y la apretó con fuerza entre las suyas. Se inclinó y depositó un beso suave en el dorso.

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