Patricio estaba inusualmente tranquilo, sin rastro de su habitual arrogancia.
Al oír el sonido de la puerta, se levantó del sofá como si hubiera recibido una descarga eléctrica, y la emoción le tiñó las mejillas de rojo.
Miró ansiosamente hacia la entrada, y en el instante en que sus ojos se encontraron con los de Doris, exclamó con voz entrecortada:
—Dori.
Doris le dedicó una mirada fugaz, ignorando la intensidad en sus ojos, y se dirigió a su silla de escritorio con frialdad.
—¿Qué quieres?
Al ver que su primera reacción no fue echarlo con cajas destempladas, sino preguntarle qué necesitaba, un pequeño atisbo de alegría se encendió en el corazón de Patricio.
—Lamento lo que pasó —dijo, con un nerviosismo evidente—. No imaginé que mis fans te atacarían. Pero no te preocupes, ya les aclaré todo.
—¿Solo es eso? —replicó Doris, sin darle importancia.
—Y otra cosa… vi que quieres sacar un álbum… ¡Dori, yo puedo escribir las canciones para ti! —Patricio confiaba en su talento musical—. Dori, mi primer álbum lo escribí yo mismo, y solo con eso alcancé la fama que tengo ahora. Si sigo así, estoy seguro de que puedo convertirme en una de las estrellas más grandes de la música actual.
Doris soltó una risa sarcástica.
—¿Y?
—Si quieres ser famosa, si quieres hacer crecer a Entretenimento Estrela, yo puedo ayudarte. Puedo retirarme de la música y dedicarme a escribir canciones solo para ti —dijo Patricio, sin ocultar el fervor en su mirada.
La sonrisa de Doris se volvió aún más gélida.
—¿Crees que necesito que tú me escribas las canciones? ¿Estás diciendo que no soy capaz de componer mi propia música?

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