Fuera del salón, Germán no se daba por vencido e intentaba esquivar a Rosalinda, que seguía bloqueándole el paso.
Pero ella no se movía.
—¡Quítate! —dijo él, perdiendo la paciencia.
—¡No quiero! —respondió Rosalinda, molesta—. ¿No ves que mi prima está en una cita con Higinio? No quiere saber nada de ti, ¡ubícate un poco!
—¡Eso a ti no te importa! —le espetó Germán.
—¡Pues claro que me importa! —replicó ella—. Y todavía no hemos resuelto el asunto de que me tiraste. ¡No creas que te vas a librar de tu responsabilidad!
Germán se dio cuenta de que solo estaba buscando pretextos.
—Lo estás haciendo a propósito, ¿verdad?
—¿Y qué? ¿Piensas hacerte el desentendido? —dijo Rosalinda—. ¡Cuidado, que le llamo a tu papá y le digo que te escapaste del castigo!
—¿Cómo sabes que estoy castigado? —preguntó Germán, confundido.
Rosalinda titubeó un instante y se apresuró a responder:
—Me lo dijo la señorita Rosales. Le rogaste que te trajera, así que es obvio que estabas encerrado en tu casa.
¡Por poco y se delata!
—No me importa, si no me llevas al hospital para una tomografía, ¡no te dejaré en paz! —declaró Rosalinda, en tono desafiante.
Germán levantó un dedo y se lo apuntó a la cara.
—Si no fueras mujer, te juro que te daría una paliza.
—Qué mal genio. Con razón no le gustas a mi prima —comentó Rosalinda—. Ella está viendo todo lo que haces desde ahí. Montar un escándalo aquí solo hará que le caigas peor.
Ese comentario tocó una fibra sensible en Germán.
Respiró hondo y, con un tono de fastidio, cedió:
—¡Está bien! ¡Te llevaré al hospital, ya!
Al pasar junto al salón La Cima, Germán se detuvo y miró hacia adentro. Vio a Doris sentada junto a Higinio, riendo y conversando animadamente, y sintió una punzada de dolor en los ojos.
Durante los dos meses que estuvieron juntos, ella nunca le había mostrado esa faceta. Siempre estaba ocupada, ocupada, ocupada… nunca se sabía en qué. Si la invitaba al cine, decía que estaba ocupada. Si quería llevarla al parque de diversiones, también estaba ocupada. Ocupada, al final, enredándose con el montón de medicinas que guardaba en su armario.
¡Y ahora, ahí estaba, acompañando a Higinio a una cita con total tranquilidad!
Luego, bajó las escaleras a grandes zancadas.
Rosalinda, volviendo en sí, echó un último vistazo a Higinio y a Doris y corrió tras él.
Sabina, que había estado asomada observando la escena, le comentó a su amiga:
—Mi tonto hermano, montando un numerito de telenovela. Y hay que admitir que no le quedó nada mal.
Su amiga no pudo evitar reírse.
—La verdad es que no.
Higinio, que había sido besado por sorpresa, observó a Doris mientras ella volvía a sentarse.
—Parece que después de esto, Germán ya no volverá a molestarte —dijo con una sonrisa de satisfacción.
En ese momento, Carla, la presentadora del evento, subió al escenario con un micrófono en la mano y se dirigió a los representantes de las veinticinco compañías de entretenimiento.
—Buenas tardes a todos. Soy Carla, la editora de la escritora Dovina. Les agradezco que hayan venido a esta reunión para la venta de los derechos de la novela *Horizontes de Gloria*. A continuación, seré la anfitriona de este evento.
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