Sabina, que estaba probando un postre, se giró hacia su amiga.
—¿Tú crees que este tonto tiene la actitud de alguien que está pidiendo un favor? —preguntó.
Su amiga negó con la cabeza.
—Parece que está dando una orden.
Sabina se encogió de hombros.
—Entonces no.
—¡Sabina! —gruñó Germán entre dientes.
—A mí no me grites —dijo Sabina, dejando la cuchara y limpiándose la boca con una servilleta—. ¿Quién fue el que me rogó que lo trajera? Si sigues con tus numeritos, le llamo a papá ahora mismo.
Germán se quedó callado.
Mientras Rosalinda lo entretenía, Doris ya había subido.
Germán intentó pasar, pero Rosalinda se plantó en medio del pasillo con los brazos extendidos, bloqueándole el camino. Desesperado, le gritó:
—¡Doris!
Doris le dedicó una mirada fugaz y, sin prestarle más atención, entró al salón La Cima.
Al sentarse, tomó la taza de té que Higinio le ofrecía y se la bebió de un solo trago.
—¿Qué pasa? Parecía que querías matar a Damián con la mirada —comentó Higinio, y al ver que había vaciado la taza, volvió a llenársela.
Doris tamborileó los dedos sobre la porcelana.
—La verdad es que sí, me encantaría encargarme de escorias como Damián.
Aunque Sombra había encontrado algunos trapos sucios de la familia Carrasco, la mayoría de esos negocios ya habían sido liquidados, por lo que no constituían pruebas contundentes. Publicarlos afectaría a los Carrasco, pero no sería un golpe mortal. Las pocas pruebas que sí podían hacerles daño ya las había filtrado Higinio para meter al señor Carrasco a la cárcel.
Por lo tanto, para realmente desmantelar a la familia Carrasco y acorralar a Damián, necesitaba pruebas irrefutables.
Afuera, la discusión entre Germán y Rosalinda continuaba.
Doris nunca imaginó que, después de terminar, Germán insistiría tanto tiempo, con la misma tenacidad con la que la cortejó al principio.
Pero, ¿qué más daba?
Ella no toleraba que pusieran a prueba sus sentimientos. Una prueba llevaba a otra, y luego a un sinfín de sospechas. Lo que ella buscaba era una confianza incondicional, la clase de confianza que le permitiera darle la espalda a alguien sin temor.
—No te preocupes —le aseguró con una sonrisa—. No soy de segundas oportunidades. Y eso también va para ti, Higi. Si algún día me dices que terminamos o que cancelamos el compromiso, no lo permitiré, ni aunque sea en broma.
Los hermosos ojos de Higinio brillaron con determinación.
—Dori, no soy tan tonto. Aunque no pueda tenerte atada a mi lado, jamás se me ocurriría alejarte.
—Me parece bien. Bueno, a lo que vinimos —dijo Doris, sacando su teléfono para llamar a Carla—. Carla, podemos empezar.
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