—No, Doris. Desde que te acepté como mi hija, he encontrado la paz —la interrumpió Tatiana, secándose una lágrima que amenazaba con escapar—. La verdad es que la que siempre estuvo obsesionada con no tener hijos fui yo, no tu padre. Él nunca sintió que yo le debiera nada. Para él, tener un hijo era algo que haríamos si yo lo deseaba, y amaría a nuestro hijo porque me ama a mí.
»Tu padre dice que si el único propósito en la vida es tener un hijo, y para ello tienes que estar con cualquier mujer, entonces la vida no tiene sentido. Serías solo una marioneta al servicio de la procreación.
En realidad, Doris pensaba lo mismo.
En esta vida, nada te llevas al morir.
La idea de continuar el linaje es una ilusión; cuando mueres, todo se acaba.
Sin embargo, cada quien vive su vida a su manera.
Algunos creen que la descendencia es más importante que el amor verdadero, y eso también es respetable.
Al final, todo se reduce a las elecciones de cada uno.
Tatiana esbozó una sonrisa teñida de melancolía.
—Cuando uno se hace viejo, los recuerdos afloran sin querer. En fin, ve a arreglarte y a cambiarte. Te espero abajo para desayunar.
—De acuerdo.
Después de que su madre se fuera, Doris se quedó sentada en el borde de la cama, sin moverse.
Acarició la cabeza de Verdín, que se había acercado a ella.
«Aunque mamá dice que es feliz desde que me adoptó, en el fondo debe anhelar tener un hijo que haya llevado en su vientre durante nueve meses». Doris había notado la sombra de anhelo en los ojos de su madre.
Verdín no entendía las preocupaciones de su dueña.
Solo ladeó la cabeza.
Para ellos, el apareamiento y la procreación eran actos instintivos, desprovistos de emociones complejas.
En la naturaleza, la ley del más fuerte prevalece, y los individuos dominantes siempre buscan dejar descendencia.

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