—Durante ese tiempo, aunque pasábamos mucho tiempo separados, nuestra relación se mantuvo fuerte y finalmente nos casamos.
—Entonces, mamá, ¿por qué ya no te dedicas al diseño de modas? —preguntó Doris con curiosidad.
Tatiana levantó la vista y recorrió con la mirada la habitación que con tanto esmero había decorado para su hija en tonos rosados. La sonrisa en sus labios se desvaneció, dando paso a una sombra de tristeza.
—Porque después de casarnos, pasamos mucho tiempo intentando tener hijos sin éxito. Tu abuelo pensaba que era porque pasaba demasiadas horas en el estudio, que el estrés del trabajo me afectaba, así que me sugirió que me tomara un descanso en casa para cuidar mi salud.
La expresión de admiración en el rostro de Doris se transformó en una de lástima. Entendía que, por el deseo de tener un hijo, las mujeres a menudo debían hacer grandes sacrificios.
—Tu padre siempre respetó mi decisión —continuó Tatiana—. Me dijo que si amaba mi trabajo, no tenía por qué renunciar a él por un hijo.
»Pero cuanto más me apoyaba, más culpable me sentía. Ya tenía casi treinta y cinco años y, la verdad, yo también deseaba tener un hijo nuestro. Así que le hice caso a tu abuelo y me quedé en casa.
»Sin embargo, a pesar de cuidarme y de intentarlo durante dos años, no logré quedar embarazada.
»Yo sabía que tu padre se había hecho pruebas a escondidas y que todo estaba bien con él. Pero nunca me pidió que yo fuera al médico. Solo decía que aún no era el momento, que tuviera paciencia, que cuando el destino lo quisiera, el bebé llegaría.


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