Cuando el carro llegó a la entrada de la mansión Palma, el chofer detuvo el vehículo lentamente y miró por el retrovisor a Doris, que seguía durmiendo.
Felipe se llevó un dedo a los labios en señal de silencio.
El chofer asintió y no la molestó.
Felipe sacó su teléfono, lo puso en silencio y le envió un mensaje a su esposa, Tatiana.
[Tatiana, ya llegamos. Doris se quedó dormida en el carro, está muy cansada. No quise despertarla.]
Poco después, Tatiana respondió.
[De acuerdo. Le diré a Emma que mantenga la cena caliente. Que duerma lo que necesite.]
Felipe guardó el teléfono y miró a Doris, que dormía plácidamente. Luego, su vista se perdió en la oscuridad de la noche mientras pensaba en el regalo perfecto para el cumpleaños de su hija.
***
Cuando Doris despertó, las estrellas ya brillaban en el cielo.
Se dio cuenta de que el carro llevaba un buen rato detenido. Miró la hora en su teléfono: casi las ocho.
Normalmente, a las siete ya estarían en casa.
Eso significaba que había dormido una hora de más, ¡y que su padre la había esperado todo ese tiempo!
—Papá, ¿por qué no me despertaste? —dijo, incorporándose y estirándose.
—Dijiste que estabas cansada, y como te veías tan a gusto, no quise molestarte —respondió Felipe.
Doris no se imaginaba que pudiera dormir tan profundamente en un carro, y mucho menos que su padre la esperara con tanta paciencia.
Se sintió conmovida y un poco avergonzada.
—Hice esperar mucho a mamá.
—No te preocupes, ya le avisé —la tranquilizó Felipe—. Ahora que despertaste, vamos a casa. Ya es tarde y debes tener hambre.
Doris asintió y, tocándose el estómago, sonrió.

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