En un hospital privado.
Carolina, recostada en su cama, leyó la conversación entre Herminio y Doris en el grupo. Sin pensarlo, tomó una captura de pantalla y se la envió a Ricardo.
El mensaje se envió. Ricardo no la había bloqueado.
[Hermano, el director Ramón, al que tanto te costó convencer, ha cancelado su contrato con Entretenimiento Estrela. Esa empresa es el trabajo de toda tu vida, y ahora tu propia hermana la está llevando a la ruina. De verdad que lo siento por ti.]
Esperó un buen rato, pero Ricardo no respondió.
No importaba. Estaba segura de que lo había leído.
Dejó el teléfono y se miró la cara vendada en el reflejo de la pantalla. Solo sus ojos quedaban al descubierto.
¡Pronto recuperaría su rostro!
Con Damián de su lado, esta vez estaba segura de que podría acabar con Doris.
¡Todo el daño que había sufrido, se lo devolvería a Doris multiplicado por cien!
***
Hospital de la ciudad.
Ricardo acababa de recibir otra dosis de sedante. El dolor, por fin, comenzaba a ceder.
El médico, de pie junto a su cama, observaba su rostro pálido y se dirigió a Fátima y Patricio, que habían venido de visita.
—Con los síntomas del señor Palma, este hospital no puede hacer más —dijo, con un tono de frustración—. No podemos seguir administrándole anestesia para el dolor. A la larga, podría afectar su cerebro.
Fátima, viendo la debilidad de su hijo mayor, asintió con el corazón encogido.
—Entendido. Mañana mismo tramitaré su alta. Buscaremos una solución por nuestra cuenta.
—Le recetaré analgésicos para un mes. Lo mejor sería que encontraran a un médico que pueda tratarlo dentro de ese plazo.
Cuando el médico se fue, Fátima, con los ojos enrojecidos, se lamentó:
—¿Qué vamos a hacer? ¡Ni los médicos del mejor hospital de Solara pueden con este veneno!

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