Doris dijo:
—El señor Villar tiene muchos nietos. No creo que vaya a gastar tantos recursos por una nieta que no aporta nada al desarrollo de la familia. Que el señor Villar me pida personalmente que te ayude ya es darte demasiada importancia.
Silvia se quedó sin palabras.
Empezó a dudar un poco.
Con tantos nietos, tal vez ella no era tan importante para el abuelo.
Enrique intervino:
—Ya, Silvi, ¿quieres curarte o no?
Izan también habló:
—Hermana, cállate. El abuelo está negociando con la señorita Palma para salvarte.
Incluso su hermano lo decía, así que Silvia se sentó de mala gana.
Izan continuó:
—Abuelo, como dijo mi hermana, el negocio en África lo levantó mi padre con su vida, así que no puedo permitir que se lo entreguen a Higinio.
Doris dijo:
—Entonces, están de acuerdo con que el señor Villar le regale el 10% de las acciones de la matriz a Higi.
Esta vez, Silvia no se opuso, aunque estaba furiosa.
¡Necesitaba que Doris la curara!
Izan miró a Enrique y dijo:
—Cambiar el 10% de las acciones por la vida de mi hermana me parece bien.
Enrique no perdió tiempo.
—Si no hay objeciones, así se hará. Transferiré el 10% de las acciones del Grupo Villar a Higi.
Doris dijo con sarcasmo:
—Ayudar a Silvia le consiguió a mi prometido el 10% de las acciones. Ayudarte a ti, ¿qué me daría? ¿Tu agradecimiento barato? ¿O tu próxima puñalada por la espalda?
La cara de Ricardo se descompuso. Apretó los puños y dijo con voz ronca:
—Dori, ¿tienes que ser tan cruel conmigo?
Doris respondió:
—Ya que viniste a testificar por Silvia, ella debió prometerte que te ayudaría a conseguir la cura. Si no te curo, no es mi culpa, es de Silvia por no cumplir su promesa. Deberías reclamarles a Silvia y a Izan por ser unos mentirosos.
Tenía razón.
Ricardo miró a Izan.
—Me prometiste que si testificaba contra mi hermana ante Enrique, harías que ella me diera el antídoto.
***

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