—Hija, me alegra mucho ver que todos vinieron a recibirme hoy —dijo Mauro con emoción.
—Papá, yo no estoy... —Felipe estaba a punto de decir que él no estaba nada contento, pero Tatiana le tiró de la manga y negó con la cabeza para que se callara.
Después de todo, Fátima tenía razón: la salud del viejo no era buena y ella no quería provocarle un ataque.
Por el bien de su esposa, Felipe se contuvo.
—Bueno, vámonos a casa. —Mauro se frotó las sienes—. Cada vez estoy más viejo y no aguanto estos trotes. Después del vuelo tengo la cabeza embotada pero no puedo dormir. Doris, te voy a molestar para que me hagas un poco de acupuntura en el carro a ver si me relajo.
—Sin problema, abuelo —dijo Doris.
Al salir del aeropuerto, una vez que Mauro subió al vehículo de siete plazas de Felipe y se fue, Patricio se volvió hacia su madre y le dijo con seriedad:
—Papá, mamá, el abuelo volvió solo para que le quiten el veneno al cuerpo de mi hermano. Así que espero que esta noche, pase lo que pase, no hagan enojar a mi hermana. Puede que sea la última oportunidad para que el hermano se cure.
Fátima se apresuró a decir:
—Patri, mira las cosas que dices. ¿Crees que tu padre y yo no sabemos distinguir lo urgente? —Luego se dirigió a su hijo mayor, Ricardo, para asegurarle—: Riki, tranquilo, esta noche no voy a hacer nada que moleste a tu abuelo ni a tu hermana.
Ricardo asintió.
—Ajá.
Fátima, impaciente, añadió:
—Vámonos, hay que llegar rápido a la mansión Palma. Quién quita y esta noche a tu abuelo se le ablanda el corazón y decide dejarnos volver a vivir en la villa oeste.
***
Para facilitarle la aplicación de las agujas al abuelo, Felipe y Tatiana se sentaron en la última fila, mientras que Doris se sentó con el anciano en la segunda fila del carro.
Una vez en marcha, cuando Mauro se acomodó, Doris sacó su estuche de agujas.
Doris respondió:
—Abuelo, me entregaste los negocios de la familia Palma para hacerlos crecer y fortalecerlos. Si digo que quiero comprar Estudios Universo Único, ¿por qué te sorprendes? Si no tengo esa ambición, ¿cómo vamos a crecer?
Mauro se quedó sin palabras. Un momento después, dijo con cierto remordimiento:
—...Tienes razón. Si ni siquiera te atreves a pensarlo, ¿cómo vas a lograrlo? Es cierto que estoy viejo y ya no me atrevo a arriesgarme tanto, así que el futuro de la familia depende de jóvenes como tú que sigan luchando.
Al oír esto, Doris dijo con intención:
—Abuelo, ya que me diste los negocios, tú dedícate a descansar y cuidar tu salud. Trata de no meterte en cosas que no te corresponden si puedes evitarlo.
Mauro captó la indirecta de su nieta, suspiró levemente y dijo:
—Doris, veo que por haber invitado a tus tíos a cenar a la casa, todavía tienes algo de coraje guardado.

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