Ricardo asintió rápidamente.
—¡Sí!
Después de comer, Felipe no quiso seguir conviviendo con la familia de Julián, así que se levantó.
—Papá, el viaje fue largo y debes estar cansado. Mejor descansa temprano. Tatiana, Doris y yo nos vamos.
Mauro asintió.
—Está bien.
Al ver que Doris se levantaba, Ricardo hizo lo mismo.
¡Ya no aguantaba las ganas de tomar el antídoto y pasar una noche sin esa tortura!
Patricio también quería pasar más tiempo con su hermana, así que se levantó.
—Hermano, voy contigo por la medicina.
Doris soltó una burla:
—¿Qué? ¿Vas a ir a verificar si el antídoto es real o falso?
Patricio se apresuró a explicar:
—No... solo quería verte un poco más...
Doris se frotó el brazo.
—Qué asco.
Patricio se puso pálido y no pudo decir nada más.
Doris no les hizo más caso, tomó del brazo a su guapa madre y se fue con su padre.
En ese momento, Julián preguntó con actitud humilde:
—Papá, Fátima y yo queremos ir a ver la villa oeste, ¿podemos?
Mauro respondió:
—¿Y a mí qué me preguntas? Yo ya no tengo las llaves de allá.
Doris se detuvo, volteó y dijo con una sonrisa fría:
Doris, encantada, tomó la mano de Tatiana y sonrió dulcemente.
—¡Mamá, no necesito verlo para saber que me va a encantar! ¡Después de todo, lo diseñaste tú!
Tatiana se rió, le acarició el pelo a Doris y dijo:
—No digas que te gusta solo por decir. Primero míralo, y si crees que hay algo que mejorar, dime y lo arreglo.
Doris asintió obediente.
—Lo sé, pero de verdad creo que con tu buen gusto, ¡el vestido va a ser hermosísimo!
Felipe, que estaba al lado, añadió:
—Es cierto, Doris. Yo ya lo vi y el vestido que diseñó tu mamá es espectacular, y además, único en el mundo.
A Doris le brillaron los ojos.
—Cierto, es único. Así no tengo que preocuparme de que alguien traiga el mismo vestido, ni de que me acusen de usar imitaciones.
Patricio, que iba detrás, se detuvo en seco al oír eso.

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