Al encontrarse con la mirada llena de odio de Ernesto, Higinio no la esquivó. Con ojos serenos, dijo:
—Está bien, Ernesto. Mañana, cuando salgan los resultados, te llevaré con Rubén. Podrás castigarlo como quieras en nombre de mi madre y de mi hermano.
Él entendía perfectamente el odio de Ernesto hacia Rubén.
Con la respuesta directa de Higinio, Ernesto soltó su mano.
Higinio se marchó. Al subir al carro, no fue a la oficina ni a su casa como de costumbre, sino al cementerio.
El lugar estaba tranquilo y silencioso, solo se oía el susurro del viento en las hojas y algún pájaro cantando.
Con un ramo de flores en la mano, Higinio avanzó entre las lápidas hasta detener su silla frente a una muy particular.
En la lápida estaba grabado el nombre de una mujer, sus fechas, y una foto en blanco y negro.
La mujer de la foto tenía un rostro severo, sin rastro de dulzura.
Higinio se inclinó suavemente y colocó las flores con cuidado frente a la tumba. Luego se enderezó, clavó la mirada en la foto y sus ojos se empañaron.
—Mamá, por fin encontré a mi hermano. Fue la persona que salvaste quien lo rescató para que no lo vendieran.
—Hace tres años debí traerlo a casa, pero Rubén me engañó y dejé que mi hermano sufriera tres años más. ¿Me culparías por eso?
—Mamá, te prometo que de ahora en adelante nadie le hará daño. Y Rubén pagará por traicionarte y por haber cambiado a mi hermano por su hijo bastardo.
***
Doris regresó a la empresa y Jael la abordó apresuradamente:
—Señorita Palma, la madre de Ricardo insiste en verla. No pudimos detenerla, así que la pasamos a la sala de espera.
Doris dijo un simple "entendido" y se dirigió hacia allá.
En la sala de espera, además de Fátima, había una empleada consolándola suavemente:
—Señora Jiménez, no se preocupe, la señorita Palma estará bien.

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