Fátima no dejó de gritarle a la espalda de Jimena:
—¡Mujerzuela! ¡En lugar de trabajar se pone a soñar con casarse con un millonario! Doris, ¡deberías despedir a esa empleada tan arribista!
Doris la miró con frialdad.
—¿Ya terminaste? Si ya acabaste, lárgate.
—Primero dime dónde está tu hermano Ricardo y me voy.
—No lo sé.
—¡Cómo no vas a saber! ¿Acaso le dijiste algo o tú misma lo secuestraste?
Al ver que no podía razonar con Fátima, Doris llamó a Patricio.
Él contestó rápido, emocionado:
—Dori...
—Patricio —interrumpió Doris con tono molesto—, ¿puedes controlar a tu madre? No dejes que venga a molestarme.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Mi mamá está ahí?
—Sí. Vino a Entretenimento Estrela a exigirme que le diga dónde está Ricardo. Yo también quisiera saber si se murió o qué, porque está desaparecido. Si no vienes por ella, no me culpes si uso métodos drásticos.
—Perdón, Dori, siento las molestias. Voy para allá ahora mismo. —Patricio colgó.
Fátima, al ver que llamaba a Patricio para correrla, se quedó sin palabras.
—Ya viste la actitud de tu abuelo. Él quiere que la familia Palma esté unida. Si sigues de terca, vas a perder todo el reconocimiento de tu abuelo.
Doris, harta del ruido, sacó una aguja de plata y la lanzó directamente al cuello de Fátima.
—Tú... —Fátima no alcanzó a insultar; sus párpados se cerraron y cayó desmayada.
Doris la dejó ahí tirada, salió de la sala de espera y, de vuelta en su oficina, llamó a Jael.
—Que venga Jimena, de Recursos Humanos, a mi oficina.
Jael se sorprendió, pero asintió.
—Enseguida.

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