—Familia Palma, ¿no? Su estatus en Solara tampoco es para tanto, ¡y se creen la gran cosa! Dorita, no tienes por qué volver con ellos.
Doris levantó una mano.
—Señoras y señores, calma, por favor. He decidido volver con la familia Palma para esa boda, pero lo hago para darles una lección. Así que les aviso de antemano, les pido que se encarguen de las nuevas hierbas que cultivé en mi jardín.
Aunque los aldeanos no entendían su decisión, la respetaron.
—Si es así, y si la gente de la familia Palma se atreve a molestarte, llámame. Mandaré a mis hombres a que les den su merecido.
—Exacto, siempre te apoyaremos.
—Gracias a todos —dijo Doris, agitando la mano—. Ya terminé, pueden dispersarse.
Dicho esto, se giró hacia Felipe y Tatiana, que esperaban, y les sonrió con picardía.
—Tío, tía, ya podemos irnos.
La pareja seguía atónita. Al oír a Doris, reaccionaron.
—Ah... claro.
—Señorita, permítame llevarlo —dijo el chofer, acercándose para tomar el costal de Doris.
—Cuidado, pesa mucho —le advirtió ella.
El chofer pensó que un costal que una joven podía cargar sin problemas no podía pesar tanto. Al tomarlo con ambas manos, casi se le cae sobre los pies.
Doris parpadeó.
—¿Puedes con él? No vayas a romper lo que hay dentro.
—No hay problema, señorita.
El chofer sonrió avergonzado y, apretando los dientes, subió el costal a la cajuela. Cuando volvió al asiento del conductor, estaba empapado en sudor.
«No sé cómo esta nueva señorita, tan delgada, puede tener tanta fuerza», pensó.
Una vez en el carro, Tatiana y Felipe intercambiaron varias miradas y miraron a Doris varias veces, queriendo decir algo pero sin atreverse.
Finalmente, Tatiana se decidió a preguntar:
—Doris, eso que les dijiste a los aldeanos sobre casarte con un heredero lisiado en lugar de la hija adoptiva, ¿qué significa?
—¿Ustedes no lo sabían? —preguntó Doris a su vez, con un toque de duda en su mirada.
—Tu tío y yo no teníamos ni idea —negó Tatiana—. Hace medio mes, de repente, tus padres nos dijeron que Carolina no era su hija biológica. Mandaron a investigar y ayer nos enteramos de que su verdadera hija estaba en este pueblo, así que hoy vinimos a buscarte.
Felipe asintió, confirmando las palabras de su esposa.
—Entonces, ¿por qué creen que no vinieron ellos mismos a buscarme? —dijo Doris con una sonrisa irónica.
Ante esa pregunta, a Tatiana le costó responder.
Era cierto. ¿Qué clase de padres no van a buscar a su propia hija y en su lugar mandan a los tíos?
Pero la verdad probablemente entristecería a la joven, así que Tatiana decidió guardar silencio.
—Aunque no lo digan, ya me lo imagino —dijo Doris con una ligereza que no encajaba con la situación, sus ojos brillando con una perspicacia impropia de su edad—. No querían reconocerme. Solo me buscan porque necesitan que reemplace a su amada hija adoptiva en una boda con un heredero lisiado.



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