—Julián, Fátima, les he traído a la niña —dijo Tatiana, dándole una suave palmada en la espalda a Doris—. Doris, acércate a saludar a tus padres y a tu hermano.
Doris no se movió. Con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, preguntó:
—Tía, ¿de verdad son mis padres biológicos y mi hermano?
Tatiana se quedó perpleja.
—Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas?
—Es que, si soy su verdadera hija y hermana, ¿por qué me miran como si les diera asco? —respondió Doris con una sonrisa fría.
Las cuatro personas en la sala cambiaron de expresión, sorprendidas por la franqueza de Doris.
Tatiana, sin saber qué decir, vaciló.
Sabía lo que Julián y Fátima pensaban.
No querían reconocer a esta hija porque ya tenían una hija adoptiva excelente.
Por eso preferían quedarse en casa consolando a su hija adoptiva en lugar de tomarse un momento para ir a buscar a la biológica.
Y los hermanos, Ricardo y Patricio, sentían lo mismo. Eran más cercanos a la hermana con la que habían convivido durante veinte años, y ninguno estaba dispuesto a herir sus sentimientos para ir a buscar a la otra.
Ricardo, el hermano mayor, ni siquiera se había dignado a aparecer, alegando que estaba trabajando.
Al final, Tatiana, conmovida, se ofreció a ir con su esposo.
No imaginaba que, incluso con la chica ya en casa, la actitud de Julián y Fátima seguiría siendo la misma, sin siquiera molestarse en fingir.
Fátima miró a su esposo.
Julián le devolvió la mirada.
En ese cruce de miradas, llegaron a un acuerdo.
Era evidente que su hija biológica no era tan sumisa como habían imaginado.
No sería fácil manejarla con evasivas.
Para que aceptara voluntariamente casarse con el señor Villar en lugar de su hija adoptiva, tendrían que fingir un poco y ganársela.
Fátima, aunque a regañadientes, se levantó y se acercó a Doris con una expresión de falso dolor.
—Hija mía, cuánto has sufrido allá afuera.

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