Doris, entre la risa y el llanto, respondió al mensaje.
[Sálvalo. Su mamá ya sabe que está en el pueblo y, si no lo encuentra, va a armar un escándalo peor. Después de curarlo, mándenlo a los separos de la policía del pueblo, digan que es un ladrón y que lo dejen encerrado unos días para que se calme.]
Félix contestó desde el otro lado: [Va, está bien.]
...
Fátima Jiménez siguió el GPS y no llegó a Pueblo de la Luna hasta bien entrada la noche.
El camino estaba demasiado oscuro, así que le pidió al taxista que detuviera el auto a la entrada del pueblo. Intentó llamar a su hijo Ricardo, pero el celular seguía mandando a buzón.
Fátima encendió la linterna de su celular y, además de la tarifa acordada, le dio cien pesos extra al chofer para que la acompañara a caminar hacia el interior del pueblo.
Las casas del pueblo ya tenían las luces apagadas; todo estaba frío y oscuro. Empezó a arrepentirse de haber venido con tanta prisa a este lugar donde el diablo perdió el poncho.
Fátima no pudo aguantar más y gritó a todo pulmón:
—¡Ricardo! ¡Soy tu mamá!
—¡Ricardo! ¿Dónde estás?
—¡Ay!
En un tramo del camino había un charco poco profundo. Fátima, que solo miraba hacia adelante, no se fijó dónde pisaba, resbaló y cayó cuan larga era.
—Ayúdame a levantarme, rápido, me torcí la cintura... —se quejó Fátima.
El chofer, con los zapatos llenos de lodo, dijo impaciente:
—Oiga, es muy tarde. Si no fuera porque me dio más dinero, ni la traía. Yo ya me voy.
—Le doy más dinero, pero ayúdeme a encontrar a mi hijo antes de irse... —suplicó Fátima apresuradamente.
El chofer agitó la mano y caminó de regreso hacia donde había dejado el auto.
—No, gracias. Búsquelo usted sola, ganarse este dinero está muy difícil.
Fátima, que nunca había pasado por penurias así, soltó unas lágrimas de pura frustración e impotencia. Arrastrando su cuerpo cubierto de lodo, buscó la casa más cercana y golpeó la puerta con fuerza.
—¡Hola! ¿Hay alguien? ¡Abran la puerta!

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