—No sé de dónde sacas tanta confianza —resopló Ricardo—. Eres muy inferior a Carolina.
Esa actitud de desprecio era idéntica a la de Patricio.
Doris esbozó una sonrisa.
—Tengo confianza en las cosas que domino. Así como estoy segura de que no te atreves a contarle a nadie que te corté el tendón de la pierna derecha.
Al oír eso, el rostro de Ricardo se ensombreció y apretó los puños con fuerza.
Era verdad. No se atrevía.
Ya había experimentado el veneno de Doris y sabía lo doloroso que era cuando hacía efecto.
***
De vuelta en la residencia Palma.
Doris estacionó el carro y se volvió hacia Ricardo en el asiento trasero.
—Bájate. ¿O es que ya no puedes ni caminar?
Ricardo la miró con humillación, pero no pudo decir nada. Se movió lentamente y salió del carro, aguantando el dolor.
Doris, con una sonrisa burlona en los labios, lo miró con aire socarrón.
—¿Tan resentido estás? ¿Quién te mandó a buscarme problemas ayer? Si no, no estarías así. Y por cierto, recuerdo que dijiste que Patricio te lo había contado, así que, si quieres culpar a alguien, culpa a Patricio por chismoso. Él no se atrevió a enfrentarme y te usó a ti como su chivo expiatorio.
Con el rostro sombrío, Ricardo la fulminó con la mirada y dijo entre dientes:
—No intentes sembrar discordia entre nosotros.
Al oírlo, Doris no pudo evitar soltar una carcajada llena de sarcasmo.
—¿Sembrar discordia entre ustedes? ¿Y eso a mí de qué me sirve? ¿Acaso crees que me voy a esforzar por ganarme su aprobación y competir con Carolina por su afecto? Qué ridículo.
Justo en ese momento, un Porsche deslumbrante entró lentamente en el estacionamiento.
—¡Ricardo! —La voz emocionada y melodiosa de Carolina resonó en todo el lugar.


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