—¡Papá, ya lo viste! ¡Higinio ni siquiera te respeta! ¡Está lisiado, con qué derecho sigue siendo tan arrogante! —dijo Gabriela, sentándose en el sofá mientras se cubría las mejillas abofeteadas.
Álvaro mandó a buscar hielo y él mismo se lo aplicó en el rostro.
—Con el derecho que le da que el abuelo todavía lo valore más a él —respondió Rubén—. Como él mismo dijo, tu hermano lleva tres años de vuelta y el abuelo todavía no ha jugado una sola partida de ajedrez con él.
Todos en la familia Villar sabían que a Enrique Villar le encantaba jugar ajedrez.
Si invitaba a un joven de la familia a jugar, era una señal de aprecio y reconocimiento.
—Papá, no te preocupes, el abuelo terminará por reconocerme —dijo Álvaro, con los ojos llenos de resentimiento—. Aunque todavía valore a Higinio, tampoco ha anunciado oficialmente al heredero. Eso significa que está dudando, que todavía tiene la esperanza de que las piernas de Higinio se puedan curar.
—¿Y si de verdad se pueden curar? —preguntó Gabriela, preocupada.
—¡Aunque se puedan curar, no dejaré que suceda! —dijo Rubén con una mirada feroz.
Todos los médicos que habían examinado y tratado a su hijo Higinio habían sido contratados por él. Si realmente había una cura, él encontraría la manera de que no funcionara.
—Gabriela, perdóname, hoy no solo no pude defenderte, sino que te volvieron a humillar —dijo Rubén, mirando a su hija con pena.
—Papá, lo mío es lo de menos —suavizó el tono Gabriela—. El problema es que ya ni a ti te respeta. ¡Dice que si tienes poder en la familia es gracias a él!
Al oír eso, Rubén apretó los puños. Era igual a su madre, la misma soberbia.
Una despreciaba a su marido, y el otro despreciaba a su padre.
¡Pues que no lo culparan por ser despiadado!
Si en su momento pudo deshacerse de la madre, ahora podía deshacerse del hijo.



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