—¿Y qué piensas hacer?
—El compromiso sigue en pie. Me casaré con la verdadera heredera de la familia Palma.
La mano de Enrique, que sostenía una ficha blanca, se detuvo.
—¿Te das cuenta de tu situación? ¿Y aun así te atreves a casarte con una señorita Palma que no tiene nada? Desde que quedaste lisiado, muchos han estado codiciando tu puesto de heredero y presionándome para que te reemplace.
—¿De verdad piensas reemplazarme, abuelo? —dijo Higinio, imperturbable—. Dime, en toda la familia Villar, ¿quién más, aparte de mí, tiene la capacidad de hacer que la familia crezca y se mantenga firme en Solara?
—Vaya, no te falta confianza en ti mismo —resopló Enrique.
Higinio tomó otra ficha negra, la colocó con calma en el tablero y sonrió.
—Por eso también confío en mi criterio para elegir esposa.
—¿Ya conociste a la heredera de la familia Palma?
—Sí.
—¿Y ya te decidiste, con tan poco tiempo de conocerla?
—Una sola mirada fue suficiente.
—Cuando te comprometimos con Carolina, esa chica tan aclamada, no mostraste ninguna opinión —dijo Enrique, pensativo—. Nunca supe si estabas satisfecho o no con ese arreglo. Pero con esta nueva heredera, pareces muy dispuesto.
—Casi muero, abuelo —dijo Higinio con una leve sonrisa—. De repente, entendí muchas cosas. En esta vida, a veces hay que seguir al corazón y elegir lo que a uno le gusta.
Enrique volvió a resoplar.
—Mañana iré a la fiesta de bienvenida. Quiero ver qué tiene de especial esa heredera de los Palma para que te hayas decidido tan rápido.
Al pensar en la actitud desenvuelta y audaz de Doris, Higinio sonrió.
—Abuelo, estoy seguro de que tu futura nieta política te va a encantar.
Al ver la expresión de su nieto, a Enrique le picó la curiosidad por conocer a la heredera de los Palma.


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