Hizo una pausa y continuó:
—Quizá yo pueda ayudar. Conozco a un escritor de la misma editorial que la «Maestra Dovina». Según él, tiene cierta amistad con ella. ¿Quieres que le pida que organice un encuentro a solas entre tú y ella?
Al oír esto, la expresión de Ricardo finalmente cambió.
—¿De verdad?
Carolina asintió.
—Sí, si lo necesitas, puedo preguntarle.
Con los ojos llenos de esperanza, Ricardo dijo:
—Está bien, Caro. Te lo encargo, por favor.
Carolina sonrió.
—Ricardo, entre nosotros no hacen falta esas formalidades.
Ricardo también sonrió. «Caro es tan atenta y buena. ¿Cómo podría ser como decía Doris, que había contratado a alguien para hacerle daño? ¡Solo quería sembrar cizaña entre nosotros!».
A un lado, Patricio dijo con un tono sarcástico:
—Mira, Ricardo, qué preocupada está Caro por ti. ¿No crees que deberías dejar de preocuparla?
Ricardo entendió perfectamente a qué se refería Patricio. Después de lanzarle una mirada compleja, dijo:
—Lo de mi pierna derecha es complicado. Todavía no puedo darles detalles.
Patricio resopló con desdén.
—¿Qué tan complicado puede ser? ¡Seguro fue cosa de Doris!
Ricardo guardó silencio, pero para Patricio, su silencio era una clara admisión.
Entonces, Patricio dijo, exasperado:
—No sé qué te hizo para tenerte así, que ni siquiera te atreves a vengarte después de que te destrozó la pierna. Ya que tienes miedo de ofenderla, ¡esta noche yo me encargaré de ella!
Ricardo frunció el ceño y le advirtió:
—Será mejor que no hagas nada imprudente si no estás seguro. Ten cuidado, no vaya a ser que te salga el tiro por la culata.



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