—Por cierto, ¿quién más falta?
—Sí, es verdad.
—Faltan los de la familia Villar y los de la familia Benítez —dijo Carolina.
La familia Villar era la más poderosa de Solara, y la familia Benítez también ocupaba una posición prominente. Ambas eran las familias de mayor prestigio entre todos los presentes esa noche.
Al oír el nombre de la familia Villar, los jóvenes recuperaron el interés por el chisme.
—Carolina, ¿es verdad que el señor Higinio Villar quedó inválido de las dos piernas?
—Y dicen que ya no puede tener hijos, ¿es cierto?
Patricio, para no poner a Carolina en una situación incómoda, respondió por ella:
—Las piernas del señor Villar sí están paralizadas. En cuanto a si puede tener hijos o no, eso no lo sabemos.
—Entonces… Carolina, tu compromiso con el señor Villar…
—El compromiso de Caro con el señor Villar fue cancelado —intervino Patricio de nuevo—. Porque mi recién llegada prima se ofreció a casarse con él.
Enfatizó a propósito la palabra «prima».
Los jóvenes entendieron de inmediato.
—Bueno, con su situación, casarse con el señor Villar no está nada mal.
Justo en ese momento, se escuchó un murmullo en la entrada.
La familia Villar había llegado.
Todos los invitados voltearon a ver.
—¡No puede ser! ¡Hasta Enrique vino en persona!
—¿Será que vino a conocer a su futura nieta política?
—Seguramente. Si ve que esta nueva heredera no le llega ni a los talones a Carolina, se va a morir del coraje.
—El señor Villar sigue siendo tan guapo como siempre.
—Lástima que sus piernas quedaron así…
Por otro lado, Álvaro apretó los puños discretamente. ¡Odiaba escuchar que no se comparaba en nada con Higinio!
Memorizó a la mujer que había dicho eso y juró en silencio que, en cuanto se convirtiera en el heredero de la familia Villar, lo primero que haría sería ajustarle las cuentas.
Al ver a Enrique, Julián y Fátima se adelantaron a Felipe para recibirlo con entusiasmo.
—No esperábamos que el señor Villar viniera también.
Enrique asintió.
—Vine a ver a la mujer que mi nieto ha elegido.
Dicho esto, echó un vistazo a Carolina, que era el centro de atención a lo lejos, y luego apartó la vista.
—¿Todavía no ha llegado?
Julián dijo, con un aire de impotencia:
—Así es esta niña, Doris. Desde que llegó, no ha mostrado mucho respeto por las reglas. Pensé que mi hermano y mi cuñada ya la habrían educado bien.
***

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