Apenas terminó de hablar, se escuchó el rugido de un motor en la entrada.
Alma vio el Rolls-Royce Phantom negro; él había vuelto.
Se levantó, se sacudió las manos y, ignorando la expresión confundida de su hija, caminó hacia la puerta.
Luna, al ver el carro de su papá, salió disparada emocionada. Empujó a su mamá bruscamente al pasar, casi haciéndola caer.
A Luna no le importó. Se lanzó a los brazos del hombre que bajaba del auto.
—¡Papá! ¡Ya llegaste! ¿Cómo está mami Susi?
La pequeña dejó de fingir tras pelearse con su mamá.
Víctor suavizó su expresión y acarició la cabeza de su hija.
—Está bien. Cuando descanses de la escuela te llevo a verla.
—¡Sí! Papá, pasado mañana descanso.
Víctor asintió. Al levantar la vista vio a la culpable de que Susana hubiera caído.
Apartó a su hija y bloqueó el paso de Alma con zancadas largas.
—¡Vente al hospital a pedirle perdón a Susi!
Alma lo miró con sus ojos fríos.
—¿Y si digo que no?
—¿Tu hermano ya no necesita tratamiento?
Alma apretó los puños y respiró hondo.
Su hermano, Bruno Varela, era su única debilidad. Nació con leucemia congénita y nunca habían encontrado un donante compatible. Que hubiera sobrevivido hasta los diecisiete años era un milagro.
Cuando su madre Sofía renunció a trabajar con los Villegas, fue porque estaba embarazada. El bebé en su vientre era el último legado de su padre fallecido y el tesoro de Sofía.
Alma estudió medicina en parte por su hermano.
Después de casarse, Víctor había sido generoso, asumiendo los costosos gastos médicos de Bruno, lo que le quitó un gran peso de encima a Alma.
Esa era una de las razones por las que Alma había cedido voluntariamente la patente genética a la empresa.
—¡Víctor, o me devuelves la patente o me pagas por ella! ¡De cualquier forma tendré dinero para curar a mi hermano!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi marido ama a su cuñada, ¡así que me convertí en su tía!
Va haber actualizacion para este libro?...