—Estuve mal al no acompañarte a la consulta la otra vez. Mañana te acompaño, ¿te parece?
Alma levantó la vista, lo miró y sintió una profunda tristeza.
La consulta...
Su bebé ya no existía, no habría más consultas.
—Después del médico, ven conmigo a la habitación de mi cuñada y discúlpate. Se fracturó la mano por tu culpa. Si no fuera porque yo los detuve, ¿crees que sus dos hermanos te habrían dejado en paz?
El corazón, que apenas había sentido un atisbo de calidez, fue empujado de nuevo al abismo helado.
Alma sonrió con amargura.
—No es necesario. Ya no habrá consultas.
Víctor sintió un tic en el párpado. Abrió la boca para decir algo, pero su celular sobre la mesa comenzó a vibrar frenéticamente.
Alma echó un vistazo a la pantalla y vio el contacto guardado cariñosamente como "Mi Susi".
El hombre, sin decir más, agarró el teléfono.
—Tengo que contestar.
Subió las escaleras para alejarse, temeroso de que ella escuchara la conversación.
A Alma le picó la nariz. «Alma, ¿qué estás esperando? ¿Esperas que un hombre sin corazón cambie de opinión?».
Sorbió un poco de caldo claro y, sin alertar a nadie, salió de la mansión.
Con los ojos rojos, regresó a su auto y condujo hasta que pudo llorar en los brazos de su amiga.
—¿Qué pasó, Alma? ¿Ese hombre te hizo algo otra vez?
Daniela estaba furiosa.
—Espérame, voy a ir a cantarle sus verdades.
Las lágrimas de Alma rodaban por sus mejillas.
—No vayas, no vale la pena. ¡Nos vemos en la corte!
—¡Eso! ¡Ese patán no vale la pena! —dijo Daniela—. ¡Mejor déjalo en la calle! Ya no llores, se me rompe el corazón de verte así.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi marido ama a su cuñada, ¡así que me convertí en su tía!
Va haber actualizacion para este libro?...