Renata alcanzó a escuchar los pasos de él persiguiéndola, pero en cuestión de segundos, se detuvieron por completo.
Ella lo sabía.
Sabía que él sentía que no valía la pena.
Él creía que ella seguiría siendo la misma de siempre: que con solo llamarla y hablarle bonito, volvería a sus brazos sin dudarlo.
Para él, frente a Ximena, ella siempre estaría en segundo plano.
Pero esta vez se equivocaba.
¡Ella jamás iba a mirar atrás!
Renata pasó saliva con dificultad, aceleró el paso y se dirigió hacia los ascensores.
Inesperadamente, se topó de frente con el Secretario Cisneros.
Instintivamente dio un paso atrás y lo saludó sin mostrar ninguna emoción.
"Buen día, Secretario Cisneros."
Cisneros, que llevaba unos documentos en la mano, se quedó observando sus ojos enrojecidos, que contrastaban con su tez de porcelana, y se sorprendió.
"¿Estuvo llorando? ¿Peleó con el Sr. Yáñez?"
El Secretario Cisneros era una de las pocas personas en la empresa que conocía la verdadera relación entre ella y Enrique.
Renata dudó un instante y, sin querer, se tocó los ojos, sintiendo un nudo de amargura en el pecho.
Había llorado la noche anterior, así que se había despertado con los ojos hinchados. Había intentado ocultarlo con maquillaje.
No esperaba que Cisneros se diera cuenta tan fácilmente.
Y, sin embargo, Enrique ni siquiera lo había notado.
Renata apretó los dedos, negó lentamente con la cabeza y le respondió con voz ronca.
"No he llorado, es solo que no pude dormir bien."
Cisneros pareció dudar por un segundo: "Ah, entiendo..."
Renata le dedicó una sonrisa cortés y entró al ascensor.
Al ver su actitud, Cisneros no quiso incomodarla más y siguió su camino para entregar los documentos.
Empujó la puerta de la oficina presidencial.
Enrique estaba de pie junto al gran ventanal, fumando. Había dejado el saco sobre el respaldo de su silla; solo llevaba puesta una camisa blanca con los primeros botones desabrochados, lo que le daba un aire de un sofisticado pero distante intelectual.
Con su tono profundo y habitual, ordenó: "Deja los papeles en el escritorio y hazme un favor."
"..."
De repente, tocaron a su puerta.
La voz de Cisneros se escuchó desde el otro lado.
"Gerente Yepes, el Sr. Yáñez me pidió que le entregara algo."
Renata frunció el ceño y soltó la tableta de dibujo.
"Adelante."
Cisneros entró con una caja de regalo envuelta de manera elegante y la dejó sobre el escritorio con una sonrisa educada. "Un obsequio del Sr. Yáñez para usted."
Al mirar la caja, Renata sintió que la estaban tratando como a una mujer cualquiera a la que se le puede callar con un regalito, y eso la llenó de humillación.
Estaba segura de que si hubiera sido Ximena la agraviada, Enrique jamás hubiera optado por darle un simple regalo sin esfuerzo.
La habría llevado a pasear, o le habría preparado un espectáculo de fuegos artificiales romántico... cualquier cosa con tal de verla feliz.
Cisneros, notando el ambiente tenso, añadió: "Esta perla blanca australiana la compró el Sr. Yáñez especialmente para usted en su último viaje de negocios a Australia. ¿No le gustaría abrirla para verla?"
Renata observó a Cisneros, que trataba de mediar en la situación, y decidió no desquitarse con un empleado. Abrió la caja.
Dentro del estuche de terciopelo negro descansaba una hermosa y pura perla blanca australiana, brillando impecable bajo la luz de la oficina.
Era, sin duda, muy hermosa.

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