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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 154

Renata empalideció de inmediato. Sintiéndose mareada, se detuvo y estiró la mano para apoyarse en lo que tuviera cerca, tratando de sostenerse de algo. Sin embargo, su mano no encontró nada, perdió el equilibrio y su cuerpo se inclinó peligrosamente hacia el suelo...

César Zaldívar, que justo iba a encender un cigarrillo, vio cómo ella caía de espaldas. Sintió un vuelco en el corazón, ¡como si alguien se lo hubiera apretado con fuerza!

Se apresuró a acortar la distancia y la atrapó en sus brazos. Con una mano la sostuvo por la cintura y con la otra le sujetó el hombro. Su ceño estaba profundamente fruncido por la preocupación, y su voz delataba una tensión de la que ni él mismo era consciente: —Renata, ¿estás bien?

Renata se apoyó débilmente en su pecho ancho. Su mente aún estaba nublada, pero, extrañamente, sentía una sensación de seguridad absoluta, como si... se hubieran abrazado así infinidad de veces...

Inconscientemente, levantó la mano para acariciar el perfil masculino y afilado del hombre, mientras sus labios murmuraban algo casi inaudible...

César se quedó completamente petrificado. La abrazó con más fuerza, casi por instinto, temiendo romper la magia de ese instante, y preguntó en un susurro grave: —¿Qué dijiste?

Los ojos de Renata aún estaban desenfocados.

Ni ella misma sabía qué acababa de decir.

De pronto, se dio cuenta de que su mano estaba tocando la mejilla del hombre.

Su rostro ardió de vergüenza y su mente se aclaró de golpe. Avergonzada, bajó la mirada, se apoyó en los hombros de él para enderezarse y comenzó a explicarse de manera atropellada: —No... nada... discúlpeme, Sr. Zaldívar...

—Eh, yo ya me voy. Gracias por lo de hace un momento...

La verdad es que aún le daba vueltas la cabeza, pero no le importó. Con las mejillas teñidas de un rojo intenso, se alejó a paso apresurado.

César, sin embargo, se quedó allí con el ceño fruncido y el corazón latiendo desbocado, aún sin recuperarse del todo de lo que acababa de suceder.

Si no había escuchado mal, hace un momento ella lo había llamado César...

¿Por qué?

Una idea esperanzadora asaltó su mente, y sin pensarlo, César hizo el ademán de ir tras ella.

Pero al instante siguiente, una voz fría y tajante lo detuvo en seco: —¡César Zaldívar!

Enrique Yáñez caminaba a paso firme hacia él. Había estado justo detrás, observando cada segundo de la escena, incluyendo el abrazo y el momento en que Renata le acariciaba el rostro...

César se detuvo, giró lentamente y, al ver la actitud imponente y furiosa del otro, curvó los labios en una media sonrisa. —¿Qué pasa? ¿Necesita algo, Sr. Yáñez?

Pero César tardó mucho en recuperar la compostura...

Esa frase se le había clavado en el pecho como una espina venenosa. Sacarla dolía, y dejarla adentro dolía aún más.

César cerró los ojos y, finalmente, dejó escapar una sonrisa amarga.

Por supuesto que amaba a Tatiana Rivas.

Nadie en este mundo podría reemplazarla.

Pero Renata...

Al recordar todo lo que ella acababa de hacer, los ojos de César se ensombrecieron. Sacó su teléfono del bolsillo y le envió un mensaje:

[El fin de semana, paso por ti.]

Se daría una última oportunidad. Si Renata definitivamente no era Tatiana, entonces... ¡era momento de cortar por lo sano y alejarse para siempre!

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