No soportaba ver cómo una mujer tan talentosa era aplastada de esa manera.
Pero el mundo real era cruel.
¡Y ninguna de las dos podía cambiar las reglas del juego!
La directora suspiró internamente, sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo ofreció para que se secara las lágrimas, diciéndole con voz suave: —Renata, quiero que sepas que tu proyecto era extraordinario. Si no te elegí, fue por cuestiones que van más allá del diseño, cosas de las que no puedo hablar. Por favor, no vayas a pensar que tu trabajo no fue lo suficientemente bueno.
El rostro de Renata empalideció aún más. Ya se imaginaba cuáles eran esas "cuestiones de las que no podía hablar", y apretó el pañuelo en su mano con todas sus fuerzas.
¡Tenía que obligarse a no pensar en ello!
¡Si no pensaba en ello, no le dolería tanto!
Pero tal vez la fiebre estaba empeorando, o tal vez el golpe había sido demasiado brutal, porque aunque intentara bloquear sus pensamientos, ¡el dolor la estaba desgarrando por dentro!
—Cuídate mucho. Sigue apostando por tu talento como diseñadora. Estoy segura de que, algún día, encontrarás el camino al éxito que te mereces.
La directora intentó consolarla con esas palabras y luego se despidió; aún tenía una montaña de pendientes que resolver.
Renata le dio las gracias con voz apagada y, tras verla alejarse, tomó el elevador para salir del edificio.
En esos breves minutos, muchas cosas pasaron por su cabeza.
Decidió que todo había llegado a su fin.
¡Ya no iba a seguir perdiendo su tiempo y su vida en este lugar!
Iba a largarse, a irse lo más lejos posible de Enrique Yáñez y de Ximena Zapata.
Con esa determinación en mente, Renata sacó su celular y compró un boleto de avión para Santa Clara al día siguiente. No podía irse hoy mismo, primero tenía que asegurarse de dejar todo arreglado para su hermana y su sobrino.
Sin embargo, lo que no esperaba era que, al salir del elevador en la planta baja, se toparía de frente con la persona que bajaba del elevador de enfrente.
Ximena.
Ahora mismo, la mujer desbordaba arrogancia. La sonrisa de triunfo no le cabía en la cara mientras hablaba por teléfono, dándole las buenas noticias a Enrique.
—Ay, Enrique, muchísimas gracias por ayudarme. ¡De verdad, no sé cómo pagártelo!
La voz grave y profunda del hombre se escuchó desde el auricular: —El mérito es tuyo, eres muy talentosa.
Ximena se rio con timidez fingida: —Ay, siempre sabes qué decir para halagarme...
—Bien, sal ya, te estoy esperando afuera.
—¿Viniste a recogerme personalmente? ¡Dame un segundito, ya salgo!
Para Renata, escuchar eso fue como si le hubieran detonado una bomba junto al oído, causándole un dolor fulminante.
¡Toda la compostura que había logrado mantener se derrumbó en mil pedazos!
Renata apretó los puños, mirando fijamente hacia el frente, parpadeando lentamente... mientras un rastro escarlata teñía la comisura de sus ojos.
Ximena colgó la llamada y salió del elevador, dándose cuenta apenas de la presencia de Renata.
Verla tan devastada le parecía patético, pero sobre todo, divertidísimo.
A Ximena le fascinaba verla así.
Esbozó una sonrisa sádica, agitó el celular en su cara y clavó la navaja en la herida a propósito: —Renata, ya lo escuchaste, ¿verdad? ¡Enrique siempre ha estado de mi lado, apoyándome en todo!
—Así que mejor te r—
Antes de que pudiera terminar la frase,
Renata se abalanzó hacia ella. Levantó la mano y le cruzó la cara con una bofetada.
¡Plaf! El sonido resonó en todo el vestíbulo principal, haciendo que todos los presentes voltearan a ver.
—¡Aaah!

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