Tenía ambas manos sobre su boca para ahogar sus propios sollozos de terror...
Había estado segura de que, con el carácter y el poder de Andrés, esta noche destruiría a Renata.
¡Jamás imaginó que César Zaldívar aparecería de la nada!
Y mucho menos que él fuera tan...
Recordar la brutalidad con la que había golpeado a Andrés la hizo estremecerse.
Aun así, no lograba entender por qué César la defendía.
Apenas se conocían desde hacía un par de días. ¡Incluso si se hubiera enamorado de ella, no había motivo para llegar a esos extremos!
De pronto, Ximena sintió una profunda envidia. Reunió algo de valor y se asomó otra vez hacia la puerta del baño...
¡Pero el hombre ya no estaba!
¿A dónde había ido?
¿Qué estaría haciendo?
El corazón le dio un vuelco y su rostro perdió aún más color. El pánico de que César pudiera ir por ella a continuación la paralizó...
...
César caminaba por el pasillo y llamó a Camilo Falla.
Le contestó de inmediato. —¿Jefe?
César habló con frialdad. —Consigue a alguien para revisar el teléfono de Ximena Zapata. Encuentra las pruebas de que ella le envió fotos de Renata a Andrés Bermúdez.
Camilo se quedó confundido un segundo. —¿Cómo dice?
—¿Sr. Zaldívar? —Una voz familiar lo interrumpió de repente.
César se detuvo y levantó la mirada. Allí, frente a las escaleras, estaba Renata.
Le sonreía, agitando la mano suavemente, con los ojos llenos de brillo.
En ese instante, todo lo demás en el lugar pareció desvanecerse.
Ella era la única luz en su mundo.
El pecho de César se agitó, perdiéndose en ella.
La voz de Camilo resonaba en el teléfono. —¿Jefe?
César reaccionó y dijo en voz baja: —Solo hazlo.
Colgó al instante y caminó hacia Renata. Sus pasos eran ligeros y una sonrisa imperceptible asomó en sus labios.
Renata no esperaba encontrárselo. Al verlo acercarse, sintió un revuelo en el pecho, una sensación que no lograba comprender.
Creyendo que era simple nerviosismo, se humedeció los labios y dio un paso hacia él, aprovechando para hablar sobre lo sucedido el día anterior. —Sr. Zaldívar.
Él llegó a su lado. Sus ojos se detuvieron con esfuerzo en su suave rostro. —Sí, dime. ¿Necesitabas algo?
Renata asintió con algo de vergüenza. —Solo quería disculparme de nuevo por lo de ayer... Teníamos un acuerdo y un imprevisto me lo impidió. De verdad lo siento.
Caminaron juntos. Vistos desde lejos, parecían la pareja ideal. Al estar tan cerca, la suave falda de la mujer rozaba sutilmente el impecable traje del hombre, creando una atmósfera increíblemente íntima.
Y toda esta escena estaba siendo observada por Enrique.
Sus reuniones aún no habían terminado. Le quedaban un par de socios por ver, pero, por alguna razón, de pronto sintió una necesidad urgente de ver a Renata... Así que pospuso sus compromisos y fue a buscarla. Jamás esperó encontrarse con esto.
Enrique se detuvo en seco. Su rostro era un témpano de hielo.
Desde la distancia, observaba cómo Renata y César se sentaban frente a frente en la sala de descanso, como si fueran una pareja enamorada. La veía sonreírle dulcemente mientras charlaban...
¿Acaso esa calidez la reservaba únicamente para César Zaldívar?
Una inexplicable oleada de celos y frustración lo invadió.
—¿Enrique? —Una voz lo sacó de sus pensamientos.
Enrique frunció el ceño y giró. Era un conocido del círculo social. Asintió brevemente a modo de saludo.
—¡Vaya, sí eras tú! Pensé que estaba viendo visiones.
El hombre se rió, le dijo algo a su acompañante y se acercó con la intención de hablar sobre negocios del próximo trimestre.
Pero entonces se dio cuenta de que Enrique no dejaba de mirar a Renata... ¿Y ella estaba hablando con otro hombre?
La expresión de Enrique era perturbadora.
El sujeto se sorprendió un poco.
Conocía bien la situación entre Enrique y Renata. Sabía que él no la amaba y que solo estaban juntos por conveniencia y negocios.

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