Era evidente que las dos no hablaban exactamente de lo mismo.
Pero las emociones de Yolanda se calmaron un poco.
Sin embargo, el dolor en su corazón se hizo más profundo.
Nunca imaginó criar a su hija para que tuviera un carácter tan comprensivo.
Hubiera preferido que fuera una niña caprichosa.
Yolanda pensó que Eleonor había pasado por días muy difíciles para desarrollar esa forma de ser, y sintió como si algo le estrujara el corazón, dejándola sin palabras.
Solo pudo abrazar a Eleonor con más fuerza.
No se le ocurría cómo compensar todo lo pasado, cómo reparar su falta como madre.
Eleonor sentía claramente que Yolanda lloraba con más fuerza.
Aunque era un llanto silencioso, la humedad en su hombro se extendía poco a poco.
Sin saber por qué, ella también sintió una tristeza indescriptible.
Iker bajó las escaleras y se encontró con esa escena.
Estas dos, madre e hija, de verdad que...
Se acercó con resignación, le dio unas palmaditas en la cabeza a Eleonor y dijo:
—Ya está la cena, vamos a comer con la señora Estrada.
Yolanda lo vio entonces, se secó las lágrimas apresuradamente y recuperó su elegancia habitual.
—¿Ya terminaste, Iker?
Cuando llegó, Iker estaba en el despacho y ella no dejó que los empleados lo molestaran.
Iker asintió con una sonrisa.
—Sí. Hoy prepararon platillos de temporada, pruébelos a ver si le gustan.
Luego, caminó personalmente hasta detrás de Yolanda para empujar su silla de ruedas.
Eleonor vio el gesto y se sorprendió un poco.
El señorito, salvo con ella, nunca tomaba la iniciativa de cuidar a nadie.
Yolanda también se quedó pasmada, sin saber qué le resultaba extraño.
Antes, debido a la buena relación entre Benicio e Iker, las dos familias se trataban bastante, pero cada vez que se veían, él era extremadamente parco en palabras.
Era educado, sí, pero no decía ni una palabra de más.
Y mucho menos empujarle la silla de ruedas por iniciativa propia.
Ni siquiera ese vago de Benicio era tan atento.
Sin embargo, esa cena transcurrió en una armonía y calidez excepcionales.
Tanto Susana como Yolanda cuidaron a Eleonor al máximo, mientras que Iker no paraba de servirle comida a Yolanda.
Eleonor no sabía si era su imaginación, pero le pareció ver algo tan raro como «amabilidad servicial» en la cara de Iker.
A mitad de la cena, al escuchar a Susana mencionar que a Eleonor le dolía la panza, Yolanda se puso en alerta de inmediato:
—¿Por qué no me dijiste? ¿Cómo te sientes ahora? El embarazo es muy desgastante para el cuerpo, si sientes cualquier molestia, por favor no te aguantes.
La familia Estrada podía no tener otras cosas, pero dinero y contactos les sobraban. Tenían acceso a los mejores recursos médicos para que Eleonor tuviera el embarazo más cómodo posible.
Eleonor sonrió con resignación.
Mientras tanto, en el Chalet La Brisa Marina, Benicio estaba que echaba chispas.
¡Si hubiera sabido que su madre iba al Chalet El Roble Dorado, él también habría ido!
¡¿Por qué no le avisaron?!
¡Él también quería cenar con su hermana!
Sin embargo, cuando Yolanda regresó, antes de que él pudiera reclamar nada, ella se adelantó.
—Ellie no se sentía bien, ¿por qué no nos dijiste cuando regresaste del hospital?
A un lado, la expresión de Simona se tensó.
—¿Ellie está enferma?
Yolanda tomó la manta que le ofrecía la empleada y se cubrió las piernas.
—Ajá, pero ya está un poco mejor.
Cuando salieran los resultados de la prueba, tendrían que traer a esa niña para cuidarla con esmero.
Benicio se quedó atontado.
—¿Qué le duele? No me dijo nada.
Rufino frunció el ceño con desdén.
—Por eso digo, ¿de qué sirve que vayas a ver a Ellie? Vas y es como si no fueras.
Benicio:
—¿...?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado