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Mi Marido Prestado romance Capítulo 721

Petra fue al hospital, así que Simona no tenía de qué preocuparse y, por fin, durmió profundamente.

Sin embargo, algún empleado de la casa debió haber hablado de más, porque el hecho de que Petra se hubiera arrodillado hasta desmayarse en la puerta principal llegó a oídos de Leopoldo Estrada.

En cuanto Simona bajó las escaleras, notó que el ambiente era tenso.

Leopoldo estaba sentado a la mesa. Al verla bajar, dejó a un lado la cuchara con la que tomaba su desayuno.

—He oído que esa secretaria vino anoche... ¿Y que terminaron mandándola al hospital?

Simona se sentó en una silla vacía.

—Sí, se desmayó de tanto estar arrodillada.

—¡Qué ridiculez!

Leopoldo golpeó la mesa con fuerza y la reprendió con una voz potente:

—¡Debería haber ido a arrodillarse a la puerta de los Fonseca! ¿A qué viene a humillarse en nuestra casa? ¿Acaso la familia Fonseca es tan intocable como para que les tengas tanto miedo?

El abuelo pensaba que ella no había echado a Petra al instante por pura vergüenza o por cuidar las apariencias y la relación con los Fonseca.

Los presentes en el comedor se sobresaltaron.

Violeta Estrada le sirvió un panecillo a Simona, protegiéndola.

—Si estás enojado, ve a desquitarte con Hugo Fonseca. ¿Qué ganas golpeando la mesa frente a tu propia familia?

Aunque Simona también se había asustado un poco, las palabras de su abuelo le dieron calor al corazón.

Simona sonrió levemente.

—Pensé que me iba a regañar sin piedad.

Toda su vida, lo que más le había importado al abuelo era el buen nombre de la familia. Que Petra se arrodillara frente a la casa de los Estrada en medio de ese frío espantoso la hacía lucir como una víctima lastimera. Al menor descuido, la familia Estrada podría haber quedado como la mala del cuento. Por eso, la reacción del abuelo fue una verdadera sorpresa para Simona.

—¿Por qué te regañaría? —Leopoldo la fulminó con la mirada, aún molesto—. ¿Acaso crees que no sé distinguir entre el bien y el mal?

—No es que le tenga miedo a los Fonseca, simplemente no quería gastar saliva con ella.

Pero con Leopoldo era otra historia; era inevitable que se enfureciera. Esa mañana, Simona tenía que asistir a una exposición de inteligencia artificial, por lo que la pesada carga de calmar a su abuelo recaería únicamente sobre su abuela y su madre.

Amanda subió al auto detrás de Simona y no pudo evitar comentar:

—Conociendo el temperamento de su abuelo, seguro que más tarde llamará a los Fonseca para exigirles explicaciones...

No pudo terminar la frase. El auto acababa de salir por el portón cuando frenó de golpe.

Alguien golpeó la ventanilla. Simona levantó la mirada y se topó con el rostro oscuro y solemne de Owen Fonseca.

Sin la menor intención de bajarse, ella simplemente bajó el vidrio.

—¿No estabas en el hospital? ¿Qué haces en mi casa?

Por un segundo, llegó a pensar que tal vez el hombre había recuperado la cordura.

Pero en el siguiente segundo, escuchó a Owen hablar, sonando genuinamente desconcertado:

—Simona, dime, ¿cómo es posible que alguien sea tan fría e insensible como tú?

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