Al menos Fabián Valdés era el único hijo de su familia, el único heredero legítimo.
Pero el caso de Owen Fonseca era totalmente diferente.
Con este divorcio, no solo perdía a su esposa, sino también todo su poder y autoridad dentro del Grupo Fonseca.
Aunque Eleonor no conocía todos los pormenores, estaba completamente de acuerdo con ese sentimiento.
Una mujer como Simona era madura, perspicaz y sabía exactamente lo que quería de la vida; por no hablar de la poderosa familia de la que provenía. Se casara con quien se casara, Eleonor sentía que el afortunado sería el hombre.
—Totalmente. Y estoy segura de que Simona no se arrepentirá en absoluto —afirmó Eleonor con convicción.
No llevaba tanto tiempo de conocer a Simona, pero algo le decía que ella no era el tipo de mujer que tomaba decisiones para luego vivir arrepintiéndose.
...
En la mansión de la familia Fonseca.
Tras su regreso a Aguamar, Owen pasó toda la mañana siguiente abrumado por los asuntos de la empresa.
Cuando finalmente se desocupó, ya era por la tarde. Miró la hora, se levantó de su escritorio, tomó su abrigo de lana y se dispuso a salir.
Casi choca de frente con Jorge, que entraba a toda prisa.
Owen frunció el ceño.
—¿Ocurre algo urgente?
—Sí, señor...
Jorge dudó un segundo, sosteniendo en sus manos dos copias de un documento legal.
En momentos como este, maldecía que Petra no estuviera allí.
Fuera cual fuera la verdadera relación entre su jefe y Petra, al menos cuando surgían problemas, el temperamento de Owen siempre era mucho más blando si ella estaba de por medio.
Al ver que su asistente titubeaba, la voz de Owen se volvió gélida.
—¿Se cayó el cielo o qué?
—No, señor.
Sabiendo que la paciencia de su jefe estaba a punto de agotarse, Jorge reunió valor y le entregó la carpeta.
—El abogado de Simona envió los papeles del divorcio. Dijeron que... que por favor firme lo antes posible.
Él mismo ya había revisado los términos.
Había llegado a Aguamar a altas horas de la madrugada, por lo que decidió no ir a la mansión de inmediato ni armar un alboroto para darles explicaciones a los mayores de la familia.
Por eso, cuando cruzó la puerta de la sala y sintió que el ambiente estaba más frío que el hielo, no le tomó por sorpresa.
Arturo Fonseca ya estaba enterado de todo el escándalo que su nieto había provocado en Frescura. Antes de que Owen pudiera siquiera acercarse, el anciano le arrojó su taza de té, estrellándola violentamente contra el suelo, a centímetros de sus zapatos.
—¡¿Tienes idea de la estupidez que acabas de cometer?!
Los ojos de Arturo echaban fuego, mezclando decepción y una furia incontrolable. Casi rugió:
—¡Tu padre te acompañó hasta la casa de tus suegros para que agacharas la cabeza, tragaras tu orgullo y salvaras tu matrimonio con Simona! ¡No para que los dejaras plantados por una mujerzuela sin importancia!
Esa noticia no lo había dejado pegar un ojo en toda la noche.
Un cambio en la línea de sucesión no era un asunto trivial para los Fonseca.
Durante sus años en el Grupo, Owen no había logrado grandes hitos, pero tampoco había cometido errores garrafales. Y gracias al peso que aportaba la familia Estrada, el Grupo Fonseca había logrado elevar su estatus en el mundo de los negocios.
Mantener las cosas como estaban era, por mucho, el mejor de los escenarios.
Sin ese lazo matrimonial, ¿por qué motivo la familia Estrada seguiría dándoles su respaldo?
—Abuelo —dijo Owen, como si alguna de las palabras lo hubiera ofendido, mostrando un claro rastro de impaciencia—. Estuve dispuesto a ir a disculparme porque quería calmar las aguas. Pero eso no significa que los Fonseca tengamos que arrastrarnos frente a los Estrada.

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