En el Chalet El Roble Dorado.
Eleonor estaba acurrucada en una cómoda silla de descanso en el patio trasero. A sus pies, su fiel perro Max descansaba plácidamente, moviendo la cola de vez en cuando.
El sol de invierno aún no se ocultaba, y la brisa soplaba suavemente. Aunque el aire era frío, la sensación era relajante y reparadora.
—¿Por qué sigues aquí afuera tomando frío?
Una voz familiar sonó a sus espaldas, e inmediatamente sintió cómo una manta suave y cálida cubría sus hombros.
Eleonor levantó la vista y se encontró con los ojos oscuros de Iker. Le dedicó una dulce sonrisa.
—¿Cómo es que regresaste tan temprano hoy?
Después de terminar su jornada en la clínica, se sintió agotada y decidió venirse directo a casa en lugar de pasar por el instituto de investigación.
Ella sabía mejor que nadie que su salud y el bebé eran su máxima prioridad ahora.
—Quería volver temprano para estar contigo.
Iker se sentó a su lado, descansando su gran mano de manera instintiva sobre su vientre.
—¿Se han portado bien hoy?
La pregunta iba dirigida a ella, pero también al pequeño que crecía en su interior.
Eleonor no pudo evitar reír y tomó la mano de su prometido con ternura.
—¡Muy bien! Por cierto, mañana tengo que volver al Chalet La Brisa Marina para continuar con las terapias de la señora Estrada.
Durante un tiempo, las sesiones de tratamiento natural se habían pausado. Entre sus problemas de salud recientes y el hecho de que Yolanda necesitaba concentrarse en sus ejercicios de rehabilitación física, habían dejado la terapia en segundo plano.
Pero ahora que Eleonor había recuperado gran parte de su energía, y Yolanda había mostrado un progreso increíble, unas semanas más de tratamiento serían suficientes para que volviera a la normalidad.
—Me parece perfecto. Dejaré que Joaquín se encargue de llevarte y traerte —dijo Iker, atrayéndola suavemente hacia su pecho.
Al día siguiente, tras tomar un buen desayuno, Eleonor se cambió de ropa y se dirigió al Chalet La Brisa Marina.
Al entrar al patio principal, lo primero que notó fue a Simona sentada junto a uno de los grandes ventanales.
Llevaba un suéter ligero de color crema y tenía el cabello recogido de forma casual. Estaba concentrada leyendo unos documentos, y su perfil lucía tan elegante y sereno como siempre.
Incluso siendo mujer, Eleonor no podía evitar admirar su belleza.
—Simona —llamó Eleonor con voz alegre mientras entregaba su abrigo y su estuche de terapia a una de las empleadas de la casa, caminando rápido hacia ella—.
¿Cómo es que estás en casa a esta hora?
Al escucharla, la frialdad en la expresión de Simona se desvaneció al instante, dando paso a una sonrisa cálida.
—Acabo de terminar una junta y vine a almorzar con mi madre. ¿Tú no tenías que ir a la clínica hoy?
—No tuve consultas en la mañana, así que aproveché para venir a darle su terapia a la señora Yolanda —Eleonor tomó asiento frente a ella. Dudó por un momento, pero finalmente decidió preguntar—: Simona... ¿cómo te sientes?
Simona se quedó paralizada por una fracción de segundo, pero enseguida sonrió con sinceridad.
—¿Ya te enteraste?

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