Ximena apretó el termo con fuerza, sus nudillos casi palidecieron.
Cristhian ni siquiera la miró. Simplemente levantó el teléfono fijo de su escritorio y marcó la extensión del departamento de recursos humanos.
Su voz sonó tranquila, pero con una fuerza incuestionable.
—Procesen la renuncia de Valeria, lo más rápido posible.
Hubo una breve pausa al otro lado de la línea, seguida de una rápida confirmación.
Cristhian colgó el teléfono y, finalmente, posó su mirada sobre Ximena Vega.
Ella se quedó helada. Nunca imaginó que, por decir solo un par de palabras, Cristhian mandaría a despedir a alguien al instante.
—Cris, tú... lo malinterpretaste... tu secretaria no tiene nada que ver conmigo, de verdad, solo me crucé por casualidad con la señorita Simona...
Cristhian la escuchó como si le hablaran de un asunto sin importancia.
—Si no tienen nada que ver, que yo la despida tiene aún menos que ver contigo.
Ximena se quedó sin palabras. No sabía si avanzar o retroceder, y su rostro pasaba del rojo al blanco de la vergüenza.
Apretó los dientes, dio un fuerte pisotón contra el suelo, dejó el termo sobre la mesa de centro y salió rápidamente de la oficina.
En el pasillo solo resonó el eco agudo de sus tacones, alejándose a toda prisa hacia los ascensores.
Una vez fuera del edificio del Grupo Montiel, Ximena se subió a su auto, sacó el teléfono y, en cuanto contestaron la llamada, desahogó toda su frustración.
—¡Mamá! ¡Cris va a despedir a la secretaria! ¡Tienes que pensar en algo rápido!
—¿Secretaria? —preguntó Leticia Vega con extrañeza.
—¡Sí, Valeria, la que acabamos de sobornar!
—¿Ella? ¿Y cómo se enteró Cristhian?
—¡Yo qué voy a saber! —respondió Ximena, mezclando rabia y angustia—. Fue tan malo conmigo, llamó a recursos humanos justo en mi cara para procesar el despido, no me tuvo el más mínimo respeto...
—¿Dónde estás ahora?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado