Chalet El Roble Dorado.
A su edad, la energía de Susana ya no era la misma que la de los jóvenes. Tras despedir a los invitados y darle un par de recomendaciones a Eleonor, se retiró a su habitación a descansar.
Iker tomó a Eleonor por la cintura para entrar a la casa. Al pasar, vieron a Benicio apoyado contra un biombo, observando en completo silencio a Florencia, que estaba sentada en el sofá revisando su celular.
No se sabía qué estaba pensando.
Al notar el ambiente tenso, Eleonor miró a su amiga.
—Flori, ¿por qué no te quedas a dormir en el cuarto de invitados esta noche?
—No te preocupes.
Florencia levantó la vista al escucharla, agarró su bolso y se acercó a ella.
—Ya pedí un auto. Solo estaba esperando a que regresaras de despedir a los demás para decirte adiós.
—Está bien...
Eleonor no tuvo más remedio que ceder.
—Entonces ve con cuidado. Envíame un mensaje cuando llegues a casa.
Florencia asintió, se despidió de Iker con un gesto de cabeza y caminó hacia la entrada para cambiarse los zapatos.
Durante todo el rato pareció no darse cuenta de la intensa mirada que no se apartaba de ella.
Fue entonces cuando Eleonor recordó que Benicio había estado bebiendo y no podía conducir.
—Beni...
Eleonor intervino a tiempo.
—¿Por qué no te quedas en el cuarto de invitados hoy?
—No es necesario. Ve arriba a descansar.
Benicio se inclinó para tomar las llaves de su camioneta que estaban en la mesa de centro, le lanzó una mirada de reojo a Iker y soltó:
—Llama si pasa algo.
Luego, salió a pasos largos hacia la puerta.
Eleonor intentó detenerlo por instinto.
—Pero bebiste...
—Tranquila.
Iker le pellizcó suavemente la mejilla, interrumpiéndola.
—Benicio sabe lo que hace.
-
Florencia apenas había dado unos pasos fuera cuando alguien la llamó.
—Yo te fui a recoger en la tarde. Ahora no puedo manejar, así que te toca llevarme a mi casa.
La voz despreocupada del hombre sonó cada vez más cerca. Antes de que ella pudiera responder, le plantó las llaves del auto justo frente a los ojos.
Florencia levantó la mirada. Al ver su evidente estado de embriaguez, un destello de resignación cruzó por sus ojos.
—Vamos.
Tomó las llaves y se dirigió directamente hacia la enorme camioneta negra.
Benicio observó su espalda, una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, y luego caminó rápido para alcanzarla.
Eleonor, que los observaba a través de los ventanales, por fin entendió a qué se refería Iker.
Benicio...
Vaya que sabía lo que hacía.

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