La pregunta fue tan directa que el ambiente pareció congelarse.
Owen entrecerró los ojos.
—¿Sospechas de mí?
—Tómalo como quieras —replicó Cristhian sin inmutarse.
—Es cierto que quiero retenerla, pero no caería tan bajo. —La voz de Owen adoptó un tono de falso cansancio—. Tienes una imagen muy retorcida de mí.
—¿Ah, sí? —Cristhian dio medio paso hacia adelante, acorralándolo con la mirada—. Si no fuiste tú, ¿de dónde salieron las fotos? Ese material solo lo puede tener alguien muy cercano, alguien que conozca sus horarios a la perfección. Dime, aparte de ti, ¿quién más podría tenerlas?
La sonrisa de Owen se desvaneció por completo.
Se quedó callado unos segundos, como si lo hubieran acorralado. Cansado de fingir cortesía, soltó una risa fría.
—Tú también podrías tenerlas, ¿no? ¡La foto donde la abrazas fue tomada en el Grupo Montiel! ¡Ni siquiera puedes controlar tu propio territorio y vienes a dararme lecciones!
—Es cierto, el que se hayan filtrado esas fotos tal vez tenga algo que ver conmigo...
¡Bam!
Antes de que Owen pudiera terminar de hablar, el puño de Cristhian se estrelló contra su pómulo. El impacto fue tan brutal que lo hizo tambalearse hacia atrás hasta golpear su espalda contra la puerta del auto.
Un sabor metálico a sangre le inundó la boca.
El chofer saltó del susto e instintivamente intentó intervenir, pero al ver la furia en los ojos de Cristhian, se quedó paralizado.
Cristhian tenía la respiración agitada y los puños apretados. Su voz estaba cargada de un odio visceral.
—Este golpe es por ella.
Owen lo fulminó con la mirada, dejando al descubierto su verdadera frialdad.
—Cris, en lugar de lanzar golpes a lo estúpido, deberías pensar en cómo diablos se filtraron esas fotos.
Dicho esto, se metió en la parte trasera del auto y cerró la puerta de golpe, sin volver a mirarlo.
—Arranca —ordenó al chofer.
El sedán oscuro aplastó los charcos del camino y salió lentamente de la mansión de los Fonseca.
Mientras giraba el volante, el chofer se animó a hablar.

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