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Ni una Lágrima para Ti romance Capítulo 4

¿Por qué?

Esa pregunta se enroscó en su espalda como una serpiente helada.-

¿Por qué casarse con una mujer para luego esterilizarla en secreto?

¿Por qué hacerle creer que era infértil, solo para arrebatarle al bebé con sus propias manos cuando finalmente logró embarazarse?

¿Qué era lo que realmente buscaba?

—Teobaldo —lo llamó Rosalba justo cuando él estaba por salir de la habitación.

Él se dio la vuelta.

Ella quería preguntarle. Quería lanzarle a la cara cada palabra que había escuchado.

Pero se tragó su rabia.

—¿Puedes quedarte conmigo esta noche? —dijo, con una voz tan frágil como una hoja a punto de caer.

Los pasos de Teobaldo se detuvieron un segundo.

—Esta noche va a ser difícil —respondió, con un tono lleno de disculpa, aunque su mirada ya estaba clavada en la puerta—. Tenemos una emergencia en el departamento que debo atender. Tú descansa, le pediré a Bibiana que venga a cuidarte.

Rosalba asintió y no dijo más.

Teobaldo caminó hacia la puerta y la abrió.

En ese preciso momento, su celular sonó en el bolsillo.

Miró la pantalla, contestó de inmediato y bajó la voz, pero la habitación estaba tan sumida en el silencio que cada palabra llegó claramente a los oídos de Rosalba.

—Sí, voy para allá de inmediato.

—No te desesperes, primero tómale la temperatura. Ponle paños fríos, en el camino compraré algo para la fiebre.

—Que Orión se porte bien, que se quede en brazos de mami... pa...

Hizo una pausa, como si de repente se diera cuenta de lo que estaba a punto de decir, y bajó la voz rápidamente, dándose la vuelta para salir al pasillo.

Pero Rosalba ya lo había escuchado.

Esa palabra que casi se le escapa, y esa dulce voz femenina al otro lado de la línea.

Ella jamás confundiría esa voz.

Muriel Quiroz.

Su mejor amiga, su «hermana» más querida, la viuda de Jimeno Santoro, el difunto hermano de Teobaldo.

Orión.

¿De quién era ese niño?

Rosalba yacía en la cama, con el vientre palpitando de dolor por la cirugía, como si su cuerpo estuviera llorando por el hijo que le habían robado.

Mientras tanto, su marido salía a toda prisa con el teléfono en la mano, corriendo a cuidar al hijo de otra mujer.

No.

Tal vez no era «el hijo de otra mujer».

Tal vez, era su propio hijo.

Rosalba cerró los ojos lentamente.

La habitación estaba en total silencio, tan silenciosa que podía escuchar el viento nocturno agitando las ramas de los árboles afuera de la ventana.

Se tocó el vientre vacío; ya no quedaba nada ahí.

No podía llorar.

Ya había derramado sus lágrimas en la mesa del quirófano, esas lágrimas invisibles, mudas e inútiles.

Repitió en su mente, una y otra vez, aquella conversación que había escuchado, sin atreverse a olvidar un solo detalle.

Era como clavar puntillas en su propio ataúd.

Una.

No se dio la vuelta, se quedó quieta durante tres segundos, y luego salió a paso apresurado.

En el instante en que la puerta se cerró detrás de ella, Rosalba notó que las manos de Alina estaban temblando.

Lo sabía.

Alina lo sabía.

El Dr. Méndez lo sabía.

Probablemente todo el equipo médico del quirófano lo sabía.

Todos sabían lo que su marido le había hecho, pero nadie tuvo el valor de decírselo.

Y ella, la última persona en el mundo en enterarse de la verdad, estaba ahora postrada en una cama, con el vientre vacío, esterilizada en secreto, mientras su mejor amiga acunaba al hijo de su marido.

Rosalba se tapó los ojos con el brazo.

No debía llorar.

En medio de la oscuridad, se lo prometió a sí misma, palabra por palabra.

«Rosalba, grábate esta noche a fuego».

«Recuerda esa camilla de operaciones, recuerda esas voces, recuerda que, después de limpiarse tu sangre de las manos, él corrió a contestar esa llamada».

Y luego...

Planea exactamente lo que vas a hacer.

Los pasos de Teobaldo resonaron al final del pasillo, perdiéndose en la distancia hacia los ascensores.

En la penumbra, Rosalba bajó el brazo lentamente.

Tenía los ojos secos, doloridos. Ni una sola lágrima.

Pero su mirada...

Ya no era la misma de la mujer que, hace dos horas, había entrado al quirófano creyendo ciegamente en el amor.

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