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No Era Mi Esposo, Era Mi Verdugo romance Capítulo 12

En realidad, Fabiana no tenía nada más que hacer en su casa aparte de recoger a Toto.

Jessica aún recordaba a Toto. Al verlo, se acercó con la intención de cargarlo, pero para su sorpresa, el perrito, que hasta entonces había estado tranquilo, comenzó a ladrar desesperadamente al ver que alguien se acercaba, para luego temblar y hacerse un ovillo en el rincón.

Jessica estaba muy confundida:

—¿Qué le pasa?

—Le tiene miedo a la gente.

—¿Por qué?

—Sufrió de maltrato severo —Fabiana no le ocultó nada y le contó todo lo que había presenciado al regresar al Residencial Lago Verde.

Al escucharla, Jessica estalló en insultos:

—Que Alexandro y Viviana Guzmán sean unos desalmados es una cosa, ¡pero nunca imaginé que hasta ese niño fuera un pequeño monstruo!

Jessica quería ir a hacer un escándalo en ese mismo instante, pero Fabiana la detuvo. La situación ya era demasiado caótica y agotadora; acababan de reencontrarse y no quería arrastrarla a ese infierno todavía.

Al ver su insistencia, Jessica no presionó más. Empacaron las cosas de Toto y se fueron.

La distancia entre la casa de Fabiana y el vecindario de Jessica no era mucha, pero la diferencia se sentía abismal. Era una zona exclusiva de casas hermosas, tranquila, elegante y con unos paisajes espectaculares.

Jessica venía de una muy buena familia; era la única hija de los dueños del Grupo Ybarra en Las Palmeras. Su familia se dedicaba a los bienes raíces y, aunque no estaban al nivel del Grupo Guzmán, definitivamente eran parte de la alta sociedad de la ciudad.

Pero a ella no le interesaba heredar el negocio familiar. Su pasión era el derecho, y eso le había traído muchos problemas y discusiones con sus padres. Por eso, en los últimos años, casi no tenía contacto con ellos y vivía sola.

Ese día, la llevó a uno de los complejos residenciales propiedad de su propia familia.

Tras pasar por varios controles de seguridad, finalmente entraron a la casa. Lo primero que hizo Jessica fue abrir el refrigerador. Llevaba años sin cocinar, pero esa noche era especial.

—Mejor lo hago yo —dijo Fabiana, entrando a la cocina después de acomodar a Toto.

—No, yo puedo sola.

—¿Te ayudo a picar las cosas?

—De verdad que no, suelta ese cuchillo.

—Entonces yo cocino.

—Tampoco, aléjate de la estufa.

Después de varios intentos, Fabiana empezó a sospechar algo. Después de todo, desde que estaban en su casa, Jessica no se le había despegado ni un segundo.

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