¡¿La había aprobado tan rápido?!
Fabiana sintió una mezcla de asombro y decepción profunda. Era obvio que él llevaba tiempo esperando que se largara.-
—¿Quién te dio permiso para volver? —disparó Alexandro de repente.
Su tono era gélido, sus palabras cortantes; exactamente igual a como le hablaba por teléfono.
Ese era el Alexandro al que ella estaba acostumbrada.
—Te lo avisé ayer por teléfono —respondió Fabiana, evitando mirarlo a los ojos para no sentirse apuñalada por esa frialdad.
—¿Y acaso yo te di permiso?
—Ya te lo expliqué, mi madre está enferma.
—¿Y a mí qué? —escupió Alexandro, fulminándola con la mirada—. ¿Acaso la empresa tiene que pagar por tus caprichos emocionales?
Siempre la miraba así: sin una pizca de empatía, con una indiferencia absoluta que la borraba por completo.
—Ve a la oficina y preséntate ante Recursos Humanos para recibir tu castigo.
*¿Castigo?*
Fabiana tuvo ganas de decirle que se ahorrara el espectáculo. Al fin y al cabo, ya había renunciado, ¿qué más podía hacerle? Sin embargo, iniciar esa discusión solo alargaría las cosas, y ella tenía una prioridad mucho mayor.
—El asunto de mi sanción lo arreglaré directamente con Recursos Humanos, pero hoy vine por otro motivo.
—Si tienes problemas, háblalo con la empleada —replicó él, claramente harto, mientras miraba su reloj, listo para marcharse.
Al notar que iba a dejarla con la palabra en la boca, Fabiana fue al grano:
—Necesito dinero ahora mismo.
Alexandro se detuvo en seco y frunció el ceño:
—¿Cuánto?
Al escucharlo preguntar, el corazón de Fabiana se iluminó con un rayo de esperanza. Su voz se volvió más suave de inmediato:
—Un millón setecientos mil.


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