Maite no dejaba de buscarle conversación a Johana, aunque ella era de pocas palabras. Hablaba de la vida, del trabajo, de cualquier cosa. En realidad, Maite había ido a visitarla al hospital con una idea en mente.
Desde hacía unos días, Maite escuchó rumores sobre el accidente de carro de Ariel y Johana. Al parecer, no había sido un accidente, sino algo provocado. Por eso, decidió acercarse. Quería ver con sus propios ojos cuál era la actitud de Johana ante ese asunto, y si podía obtener alguna pista de lo que pensaba.
Pero después de platicar un buen rato, Maite no pudo sacarle nada. Johana se mostró cortante, reservada, sin ganas de contarle mucho. Todo en ella reflejaba desconfianza.
Al final, Maite no tuvo más remedio que levantarse y despedirse.
—Maestra Frida, entonces descansa bien. Yo me voy yendo.
Johana, en respuesta, se puso de pie con cortesía y la acompañó hasta la puerta.
Cuando Maite ya se había alejado por el pasillo, Johana cerró la puerta y su expresión se volvió mucho más seria. De inmediato, tomó su celular y marcó el número de Delfín. Habló en voz baja:
—Delfín, quiero que investigues a Maite. Revisa si tiene algo que ver con el accidente.
En un principio, Johana no sospechaba tanto de Maite. A fin de cuentas, ella había regresado usando la identidad de Frida, y Maite, por mucho que hiciera, tenía que andarse con cuidado. Sin embargo, la visita de hoy y el tono con el que la estuvo tanteando la hacían dudar.
Del otro lado del teléfono, Delfín le contestó:
—Ya estamos checando, no te mortifiques. Nada más tú también mantente alerta con Maite. No bajes la guardia.
—Sí, entendido —afirmó Johana. Platicaron un poco sobre cuestiones del trabajo antes de colgar.
Si Maite iba contra ella, todo estaba relacionado con Ariel. Pero si ese era el caso, ¿por qué involucrar a Ariel en el accidente en vez de buscarla solo a ella? ¿Será que Maite quería deshacerse de los dos a la vez?
Johana se quedó pensativa junto a la mesa, el celular entre las manos. En ese momento, alguien tocó la puerta. Ella levantó la mirada y vio a Fermín, que venía a traerle la comida.
En cuanto lo vio, Johana no pudo evitar sonreír con alegría.
—¡Ya llegaste!
—Sí —respondió Fermín, acercándose—. Ya hablé con los de dirección, y te van a dejar salir del hospital en dos días.
Escuchar que pronto podría irse la puso de buen humor.
—Gracias, señor Fermín.
—No hay nada que agradecer, maestra Frida —replicó Fermín con una sonrisa.
Ambos se trataban de “señor Fermín” y “maestra Frida”, pero el tono era distinto a antes, más cálido, incluso divertido.
Mientras acomodaban juntos la comida en la mesa, comenzaron a platicar, como ya era costumbre en los últimos días. Aunque se veían diario, nunca les faltaban temas de conversación.
Johana estaba radiante, se le notaba la felicidad en la cara.



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